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120 ERNESTO F. ALEMANN / TRAD. LAURA MABEL ZANG
Las fuertes y persistentes lluvias no habían tenido un efecto especialmente
beneficioso sobre los caminos. Pero a diferencia del sur del país, aquí no
había pantanos intransitables en los que sólo se podían salvar de hundirse los
coches de ruedas altas. Los camiones ciertamente habían creado profundos
surcos que también dictaban el camino para el automóvil; pero lo peor era
lo resbaladizo y jabonoso de esta tierra roja cuando llovía. El auto patinaba
y patinaba en curvas desagradables mientras nos dirigíamos a San Ignacio,
a veinte kilómetros de distancia, y tuve que expresarle a Beltrame el máximo
agradecimiento por su dominio del volante. Este constante movimiento de la
rueda era más agotador que remar, y aunque parecía que el carro seguía sus
propios caprichos, al final Beltrame se salió con la suya. A pesar de todas las
dudas razonables, llegamos a San Ignacio.
Es una obra titánica cuyas enormes ruinas se alzan ante nosotros.
Los jesuitas han aportado con este trabajo la prueba irrefutable de una
tremenda energía y una imponente capacidad organizativa. Hoy, después de
300 años, esto debe reconocerse más que nunca. Justo ahora, cuando se
reinicia la obra de poblamiento de Misiones, y se reconocen las dificultades
que es necesario superar, se tiene una medida de la magnificencia de la
obra de los jesuitas, que llevaron a cabo hasta su expulsión por orden de
la Corona española. No tenían máquinas a su disposición, desconocían
el poder del vapor y el viaje desde Alto Paraná a Buenos Aires duraba
semanas. Sin embargo, su trabajo floreció y floreció. La población india
aumentó y alcanzó un cierto nivel de prosperidad. Se construyeron calles
que luego, al deteriorarse, sirvieron de lecho a la lluvia y fueron erosionadas
por ésta hasta formar profundas zanjas. Y surgieron ciudades de una unidad
desconocida para el presente sudamericano.
Los muros de un metro de espesor de un enorme templo se elevan en
una gran plaza cuadrada. La piedra tallada fue el material de construcción,
y las esculturas aún son claramente visibles. Los bloques redondos de las
columnas se entrelazan. Junto a la iglesia se encuentra el monasterio, con
un enorme patio amurallado al que se abren las celdas de los jesuitas. La del
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prior se puede reconocer por la rica obra escultórica. Luego, separados por
calles que conducen a la plaza del pueblo, se encuentran los apartamentos
de los caciques, los jefes tribales más influyentes, quienes también estaban
bajo control constante de los jesuitas en sus apartamentos honorarios. Los
tejados eran de tejas rojas, las vigas de madera de fierro, tan indestructibles
que algunas de ellas todavía resisten las inclemencias del tiempo.
La naturaleza se ha apoderado de esta poderosa obra. Troncos
gruesos se alzan sobre metros de paredes y sus raíces buscan la tierra
fértil en postes rectos del grosor de un brazo. En la iglesia, las celdas y en
la plaza del pueblo hay gigantes centenarios de la selva y entre ellos crece
una yerba mate milenaria de cuyas hojas aún se obtiene un delicioso té.
El nuevo crecimiento está rompiendo los bloques que han desafiado a los
siglos. Y a pocos pasos de la plaza del pueblo, innumerables naranjos
centenarios dan frutos de una dulzura increíble.
23 Término proveniente del latín para designar al “primero” en un puesto de autoridad o
poder dentro de la estructura eclesiástica.

