Page 122 -
P. 122

120         ERNESTO F. ALEMANN / TRAD. LAURA MABEL ZANG


               Las fuertes y persistentes lluvias no habían tenido un efecto especialmente
           beneficioso sobre los caminos. Pero a diferencia del sur del país, aquí no
           había pantanos intransitables en los que sólo se podían salvar de hundirse los
           coches de ruedas altas. Los camiones ciertamente habían creado profundos
           surcos que también dictaban el camino para el automóvil; pero lo peor era
           lo resbaladizo y jabonoso de esta tierra roja cuando llovía. El auto patinaba
           y patinaba en curvas desagradables mientras nos dirigíamos a San Ignacio,
           a veinte kilómetros de distancia, y tuve que expresarle a Beltrame el máximo
           agradecimiento por su dominio del volante. Este constante movimiento de la
           rueda era más agotador que remar, y aunque parecía que el carro seguía sus
           propios caprichos, al final Beltrame se salió con la suya. A pesar de todas las
           dudas razonables, llegamos a San Ignacio.
               Es una obra titánica cuyas enormes ruinas se alzan ante nosotros.
           Los  jesuitas  han  aportado  con  este  trabajo  la  prueba  irrefutable  de  una
           tremenda energía y una imponente capacidad organizativa. Hoy, después de
           300 años, esto debe reconocerse más que nunca. Justo ahora, cuando se
           reinicia la obra de poblamiento de Misiones, y se reconocen las dificultades
           que es necesario superar, se tiene una medida de la magnificencia de la
           obra de los jesuitas, que llevaron a cabo hasta su expulsión por orden de
           la Corona española. No tenían máquinas a su disposición, desconocían
           el poder del vapor y el viaje desde Alto Paraná a Buenos Aires duraba
           semanas.  Sin  embargo,  su  trabajo  floreció  y  floreció.  La  población  india
           aumentó y alcanzó un cierto nivel de prosperidad. Se construyeron calles
           que luego, al deteriorarse, sirvieron de lecho a la lluvia y fueron erosionadas
           por ésta hasta formar profundas zanjas. Y surgieron ciudades de una unidad
           desconocida para el presente sudamericano.
               Los muros de un metro de espesor de un enorme templo se elevan en
           una gran plaza cuadrada. La piedra tallada fue el material de construcción,
           y las esculturas aún son claramente visibles. Los bloques redondos de las
           columnas se entrelazan. Junto a la iglesia se encuentra el monasterio, con
           un enorme patio amurallado al que se abren las celdas de los jesuitas. La del
               23
           prior  se puede reconocer por la rica obra escultórica. Luego, separados por
           calles que conducen a la plaza del pueblo, se encuentran los apartamentos
           de los caciques, los jefes tribales más influyentes, quienes también estaban
           bajo control constante de los jesuitas en sus apartamentos honorarios. Los
           tejados eran de tejas rojas, las vigas de madera de fierro, tan indestructibles
           que algunas de ellas todavía resisten las inclemencias del tiempo.
               La naturaleza se ha apoderado de esta poderosa obra. Troncos
           gruesos se alzan sobre metros de paredes y sus raíces buscan la tierra
           fértil en postes rectos del grosor de un brazo. En la iglesia, las celdas y en
           la plaza del pueblo hay gigantes centenarios de la selva y entre ellos crece
           una yerba mate milenaria de cuyas hojas aún se obtiene un delicioso té.
           El nuevo crecimiento está rompiendo los bloques que han desafiado a los
           siglos. Y a pocos pasos de la plaza del pueblo, innumerables naranjos
           centenarios dan frutos de una dulzura increíble.

           23  Término proveniente del latín para designar al “primero” en un puesto de autoridad o
           poder dentro de la estructura eclesiástica.
   117   118   119   120   121   122   123   124   125   126   127