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128 MARÍA CECILIA GALLERO
mentaba con la implantación de yerbales en San Ignacio. Fue en este proceso
de transición que Santo Pipó entró en escena como una colonia yerbatera.
Si bien coexistieron durante años en el mercado la yerba de cultivo y la silvestre,
el cambio de cultura modificó también la cara de la sociedad. Porque al echar raíz
la yerba mate de cultivo, también echaron raíces los inmigrantes(Lagier 2008: 135).
En Santo Pipó fue donde llegaron inmigrantes suizos que decidieron concretar exten-
sos yerbales de alta productividad, eran profesionales que consiguieron el respaldo
de capitales para emprender su sueño de ser "plantadores de yerba mate".
El segundo emprendimiento, liderado por Julio Ulises Martin, decidió imitar esta
iniciativa en su propiedad del Alto Paraná. Allí parceló 3.800 hectáreas en damero
con el agrimensor Pablo Haselbach y destinó la nueva colonia a sus connacionales.
Fue bautizada "Oro Verde" en alusión al cultivo artificial de la yerba mate propagada
por su fundador (Tschumi 1948: 122). En la navidad de 1925 llegaron las primeras
familias de Suiza . La mayoría de los colonos provenían de círculos obreros o de
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pequeños agricultores, y aunque en un principio trabajaron de manera indepen-
diente, algunos también fueron jornaleros en las plantaciones de Martin.
Con el tiempo esta colonia comenzó a estancarse y algunas de las razones
fueron: el estilo patriarcal de conducción de Martin, la tendencia individualista
de los colonos, y finalmente, la falta de estructuras para la salida de la producción
(Glatz 1997: 164). Por otra parte, Markus Glatz afirma que fue planificada como
una colonia cerrada de extranjeros, lo que iba en contra de la política del gobierno
argentino, razón por la cual el entonces gobernador Barreyro no cumplió con
ninguna ayuda material o de infraestructura (Glatz 1997: 161).
Al poco tiempo, otros compatriotas se sumaron en el norte del territorio. Enri-
que Bucher, Gustavo Keller, Alfonso Scherer y Gustavo Ernst se establecieron en
una propiedad recientemente adquirida a los hermanos Istueta en el departamento
de Puerto Iguazú. Nacía entonces la futura ciudad de Puerto Esperanza en 1926.
En este proceso la política se convirtió en un factor de primer orden, como
lo evidenció el decreto de 1926, que obligó a los concesionarios de las colonias
estatales a plantar y cultivar yerba mate en una fracción de la superficie conce-
dida (Bolsi 1986: 117).
Para los europeos fue la "maravilla de la yerba mate, porque se plantaba una
vez y se podía cosechar todos los años la misma planta" . El grupo de emprende-
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dores que llegó a Santo Pipó, que habían estudiado juntos –que en algunos casos
se conocían desde su niñez y en otros se conocieron acá–, se unieron con el
objetivo de compartir los beneficios de trabajar en conjunto. Así nació la Coope-
rativa de Productores de Yerba Mate de Santo Pipó, la que muchos años fue un
simple secadero y que luego de afianzarse logró montar un molino, el que creció
gracias a la red de contactos que tenía el Consejo de Administración. Este cambio
implicó que la cooperativa diera un salto: la marca propia. La yerba Piporé pasó a
ser distribuida en el país y terminó consolidándose en la Patagonia. El mismo salto
1 Los primeros en llegar fueron Juan Wyss y Federico Krauchi (1925). En los años siguientes
arribaron Walter Herzog, Alberto Reist, Juan Pereyra da Silva, Federico Lenenberg, Antonio Dehle,
Rogelio Machón, Daniel Lorenzen, Gustavo Rütten, Mauricio Dewitte, Federico y Juan Heuer, Oscar
Schmitz, Juana Arnold de Haselbach, Máximo Urfer y Federico Schmutz (Rauber, 1979).
2 Entrevista a Angélica Orueta de Buzer en su domicilio en Posadas, el 6 de junio de 2010.

