Opinión

por Regula Rohland

El 18 de noviembre del 2025 se celebró en la Embajada Alemana un encuentro con el señor Hartmut Koschyk, presidente de la Stiftung Verbundenheit (Fundación Mundo Comunicado), dedicado al tema de la memoria en las instituciones germano-argentinas. Koschyk pronunció un discurso muy bien ponderado y luego tuvo lugar un conversatorio dirigido por Markus Just Quiles, en el que participaron Cristina Arheit, miembro de la Comisión Directiva del Centro DIHA y presidenta del Hogar de Niños María Luisa (Villa Ballester); Federico Leonhardt, presidente de la DWG; y el Dr. Patrick Eser, lector del DAAD en la UBA.

Quiero comentar que los oradores se concentraron en el estado actual y futuro de las asociaciones, pero no aprovecharon la oportunidad para señalar que debería incluir el análisis histórico de los últimos 100 años, particularmente en lo referido al manejo de la ideología nazi durante y después del Tercer Reich en la minoría germano-parlante en la Argentina.
 


Opinión
Después del conversatorio no hubo discusión, quedando pendiente el tema histórico, un tema insoslayable sin embargo en la relación entre Argentina y Alemania. Aprovecho estas Noticias para referirme desde mi perspectiva personal a un aspecto de este tema que coincide con lo aceptado por la historiografía argentina pero que aún no cuajó en reconocimiento por parte del público amplio, desinformado por siempre nuevas publicidades y publicaciones sensacionalistas y engañosas.

Hace tres décadas que Ronald Newton dejó en claro, en su libro El cuarto lado del triángulo, que en el país no hubo una “continuidad” del nazismo —como lo formuló Eser—, sino dos importantes oleadas de inmigrantes temporarios: una entre 1931–1933 y 1939, que “colonizó” las instituciones argentino-germanas, y otra entre 1945 y 1955, que introdujo en primera línea a ciertos criminales nacionalsocialistas y fue acogida por el gobierno de Perón. Entonces ya los años de guerra le habían quitado al nazismo la virulencia y el ímpetu de proyectarse hacia afuera de la colectividad, aunque persistió entre los alemanes la ideología y la patética convicción de valer más que otros, que en algunos ámbitos podría seguir vigente hasta ahora.

En este contexto es importante tener presente que las atrocidades y crímenes del Tercer Reich nunca lograron trasladarse a los correligionarios de la Argentina, y es sabido que el Estado argentino tuvo la capacidad de reprimir los excesos provocadores de autoestima germana registrados en Buenos Aires y en algunas provincias durante los primeros años del hitlerismo.

Considero fundamental reconocer la eficacia de los frenos que en Argentina se impusieron al nacionalsocialismo. Una vez que se hizo evidente que no se trataba de desinformación hostil por parte de una prensa adversaria, sino que los crímenes eran reales —y tan graves que seguirían pesando sobre la autoevaluación de los alemanes hasta las generaciones de los nietos—, las instituciones locales se vieron eximidas de culpabilidad. Lejos de Alemania, los directivos de asociaciones y escuelas nunca se consideraron responsables de haber impulsado el nazismo criminal. Como expresó Federico Luchtenberg (AT 27/1/2025) en ocasión de los 80 años de la liberación de Auschwitz, lo saludable habría sido un distanciamiento explícito de esa ideología y de la soberbia ante lo que no se consideraba germánico, que la acompañaba. Al tomar conciencia, años después de la guerra, de que sus abuelos habían adherido o admirado al nazismo, él y otros familiares optaron por apartarse de las actitudes discriminatorias que ello implica, manteniéndose activos dentro de su colectividad germana en Rosario.

Reconocer este error y distanciarse de él despejaría en la hoy día muy reducida colectividad alemana en la Argentina un panorama todavía velado por la nubosidad de la negación. Esto terminará uniendo a las “dos aldeas” que surgieron de una cultura común.

RR