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SUDAMÉRICA. CUADROS Y ESTUDIOS 107
de Concha –punto fi nal de nuestro primer trayecto– al interior de la pro-
vincia de Salta, que limita al norte con Bolivia y al este con el Gran Chaco,
poblado por tribus indígenas. Al oeste, Salta está separada de Chile por la
Cordillera y, al sur, colinda con la provincia de Tucumán. Estas dos pro-
vincias argentinas, Tucumán y Salta, son las más encantadoras y variadas
en cuanto al paisaje. Las selvas, que se extienden a lo largo de varias
millas, alternan con extensos valles fl uviales que ascienden serpenteando
hasta la Cordillera. Acampando aquí y allá, cazando, alimentándome a
menudo solo de papagayos, atravesé varios ríos: Concha, las Piedras,
del Pasaje, etc., orientándome siempre en dirección al norte para llegar
a Orán. Cuando la estación de lluvias me obligó a dar la vuelta, tuve que
atravesar a caballo el río Mojotorro para llegar a la ciudad de Salta a ries-
go de morir ahogado, pues había aumentado en gran medida su caudal.
Regresé a Concha, afi ebrado, después de acampar durante cinco meses, y
de allí seguí viaje hacia Buenos Aires.
Más tarde, decidí emprender una excursión a la República del Pa-
raguay. Remonté el Río de la Plata hasta internarme por el Paraná, y
proseguí luego por el río Paraguay con sus hermosas márgenes bosco-
sas hasta Asunción. Desde allí, visité la colonia alemana San Bernardino
junto al lago Ypacaraí, punto de confl uencia de los alemanes. Pude co-
nocer bien al Dr. Jordan, austríaco, que estaba pasando una temporada
en el Paraguay realizando estudios en ciencias naturales, y decidimos
emprender una pequeña expedición al territorio de los indios guayaquis.
Pasamos a caballo por las localidades de Paraguarí, Ibitimí e Itapé has-
ta llegar a Villa Rica, la segunda ciudad en importancia del Paraguay,
atravesando tenebrosos pantanos hasta llegar al pie del cerro Tatuy. Al
escalarlo, pasamos delante de algunas chozas indígenas abandonadas
hasta tocar el pico de la montaña más alta del país, cubierta de bosque
selvático. Debimos avanzar paso a paso, abriéndonos camino hasta lle-
gar a la cima que, por lo que sé, nadie había alcanzado hasta entonces.
Dos semanas después, regresamos nuevamente a San Bernardino, lle-
vando a cuestas todo tipo de aventuras y experiencias interesantes. Aun
emprendí algunas excursiones cortas y al cabo de cuatro meses de viaje
regresé a Buenos Aires.
Más tarde emprendí mi cuarta excursión prolongada, esta vez de tres
meses, a Río de Janeiro, capital del Brasil. Impresiona su exuberante vege-
tación tropical y sus magnífi cos alrededores a los que pertenece ante todo
Tijuca, ubicada sobre una elevación cubierta de un boscoso parque de fl o-
resta con la Pedra da Gávea, que brinda una amplia visión sobre el océano
y el Corcovado que se alza en el aire con su pico afi lado como un gigan-
tesco campanario. Al regresar de Río de Janeiro a Buenos Aires, pasando
por Santos, volví a hacer un breve viaje al Paraguay en enero de 1891. De
paso emprendí una excursión de pocos días a la isla Paú, pasando por las
localidades de Atirá y Tobatí, para recalar por última vez en Buenos Aires
en marzo y embarcarme de regreso a Alemania.

