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ESBOZOS DE LA ARGENTINA 111
modo que esta llamativa vestimenta le cae en amplios pliegues desde los
hombros. El original atuendo se completa con un chiripá, también de paño
alargado, que ajustan en forma de pañal y cubre sus piernas, y botas de
cuero de guanaco o de potro. De la montura cuelgan el lazo y las boleadoras
–sogas de tientos trenzados con sus correspondientes bolas–, que constitu-
ye el arma más peligrosa del gaucho junto con el poderoso facón, semejante
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a un sable , que todos llevan calzado en la parte trasera del cinturón. El
mobiliario de su vivienda o rancho, que no pasa de ser una simple choza, se
limita a lo más necesario, ya que el gaucho pasa la mayor parte del tiempo al
aire libre cuidando el ganado. A pesar de su aspecto marcial, que a menudo
se parece al de un bandolero, posee una cortesía innata y una seguridad y
desenvoltura en el comportamiento que se manifi esta ante todo en su hos-
pitalidad. Recibe al forastero con las estereotipadas fórmulas de cortesía
españolas y al punto circula el mate, la bebida nacional semejante al té que
se sorbe de una pequeña calabaza ahuecada y decorada por medio de una
bombilla o tubo delgado de metal. Si es posible, se prepara luego un asado
al aire libre. El asador, vale decir, la varilla de hierro con la carne, se clava
verticalmente en tierra y cada uno corta de ella la parte de carne que desea.
Tanto como esto o aun más disfruta el gaucho de las provisiones traídas por
su huésped, y al término de la comida puede darse que, acompañándose
con la guitarra, improvise un canto en honor a su nuevo amigo, entonando
un canto monótono y medio hablado.
Hacia el sur, la pampa propiamente dicha del sudeste argentino colinda
con las estepas casi desprovistas de árboles de la llanura patagónica y al
norte con el Gran Chaco boscoso, en tanto que al oeste se extiende hasta
el pie de la Cordillera. Estas estepas son atravesadas en línea casi recta a
lo largo de 1018 kilómetros por el Ferrocarril Pacífi co en dirección al oeste.
Sale de Buenos Aires y después de unas cuarenta horas de viaje llega a la
ciudad de Mendoza, que se localiza casi al pie de la Cordillera. De allí parte
la línea de ferrocarril aun sin terminar que llegará a Chile atravesando la
Cordillera. Una vez concluida, unirá de manera directa las dos terminales:
Buenos Aires junto al Océano Atlántico y Valparaíso junto al Pacífi co. En las
provincias que se hallan recostadas sobre la Cordillera, la mayor parte de la
pampa adquiere fi sonomía desértica. A lo largo de la cadena secundaria de
los Andes se extienden terrenos secos e inhóspitos con arbustos espino-
sos a menudo difíciles de atravesar debido a la total falta de agua. Luego,
a medida que ascendemos, cambia la vegetación. Entre los matorrales se
hallan algarrobos bastos y muy ramifi cados. Más arriba, las laderas están
cubiertas de cactáceas columnares en forma de candelabro, y en las que-
bradas salvajemente románticas crece la cortadera, el pasto de la pampa,
cuyos tallos graciosos susurran suavemente cuando se los atraviesa a ca-
ballo, mientras las blancas panículas fl orales crecen muy por encima de
la cabeza del jinete. Estas curiosas quebradas, cubiertas de espléndidos
cortaderales, son particularmente hermosas en las provincias del noroeste.
Durante una expedición geológica dirigida por el profesor Ludwig
Brackebusch, la vida de campamento de casi cuatro meses me ofreció
4 Se refi ere al facón caronero de hoja de espada del noroeste.

