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PAISAJE DE CETÁCEAS EN ARGENTINA            115



               y nos sobresaltan; echamos ramas secas al fuego que se va extinguiendo y

               se alzan las llamas iluminando el entorno; los animales de rapiña evitan con
               recelo el círculo luminoso. Solo una imprecisa sombra oscura, un par de
               ojos centelleantes que se encienden súbitamente con un brillo fosforescen-
               te nos alertan de que el jaguar anda rondando el campamento.



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               Durante mi estadía en Sudamérica, tuve la oportunidad de integrarme a una
               expedición geológica argentina que atravesó la Cordillera de sur a norte de
               la Argentina, de Mendoza a Salta. Esta vida de campamento, que duró cua-
               tro meses y fue rica en sucesos e impresiones interesantes, nos hizo olvidar
               las fatigas y los peligros del viaje al que cada día se agregaban paisajes
               nuevos y variados. Después de trasponer las cadenas secundarias de los
               Andes, penetramos en la cadena principal de la Cordillera y comenzamos a
               ascender a lo largo de paredes de roca escarpadas y precipicios, a menudo
               por estrechos senderos salvajes, siguiendo la huella de los guanacos.
                  A 3000 m de altura nos encontramos en la línea de nieve, cesa la vegeta-
               ción, y una pequeña adesmia subterránea achaparrada llamada “cuerno de
               cabra”, que crece raquítica entre las piedras como un cojín de musgo, nos
               provee del último combustible. A partir de allí ya solo nos queda la “turba
               de la Cordillera”, el estiércol de las manadas de bueyes que se trasladan
               de la Argentina a Chile y recogimos con esfuerzo en los desfi laderos. Allí
               vamos, trepando y descendiendo, con el paisaje siempre cambiante ante
               nuestros ojos. Las elevaciones, escasamente arboladas, alternan con fajas
               desérticas, masas de roca escarpadas y barrancos inaccesibles con mese-
               tas áridas y pedregosas hasta alcanzar una altura de 5000 m, rodeada de
               nieves eternas, nuestro punto más elevado, el Cerro del Fierro.
                  Ahora bien, por interesantes que sean a gran altura las montañas des-
               provistas de vegetación por lo variado de la capa constitutiva del suelo y la
               majestuosidad de las moles, el carácter extraño del paisaje es más original
               a menor altura. Es la región de las cactáceas, que se extienden desde las
               montañas hacia abajo, hacia el llano. Erguidas una junto a la otra, las altas
               columnas del Cereus giganteus, el cactus columnar con sus ramifi caciones
               semejantes a brazos que se elevan en el aire, conforman un bosque pecu-
               liar. Allí se yergue un tronco aislado, una columna recta como una vela sin
               ramifi caciones; a su lado, un grupo de cactus con brazos laterales y brotes
               esféricos; más allá aparecen otros entre los arbustos más bajos. Comoquiera
               que se presenten, ofrecen un aspecto original y cautivante. De noche, cuan-
               do la luna arroja misteriosamente su luz tenue sobre las fi guras fantásticas
               que se yerguen ante nosotros en toda su rígida quietud, estos grupos con
               sus brazos tendidos hacia lo alto causan una impresión fantasmagórica. Más
               de una vez nos entretuvimos en las noches silenciosas encendiendo las espi-
               nas largas y descarnadas que rodean el tronco en forma compacta y viendo


               5  Trad. Beatriz Romero.Publicado en Illustrierte Welt 50/26 (1902): 609.
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