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114              KARL OENIKE. TRAD. BEATRIZ ROMERO



           en oro, plata y cobre. Antes de la conquista española, estas riquezas en
           metales preciosos de los Andes ya fueron explotadas por la dinastía inca.
              Hoy por hoy, gran cantidad de ruinas, topónimos, expresiones y cos-
           tumbres nos recuerdan la eminente cultura americana desarrollada por este
           antiguo pueblo indígena, el más importante de América. Además del culto
           al sol, que abarca la luna, las estrellas y las fuerzas naturales, adoraban a
           los héroes culturales [sic] Pachacámac y Viracocha. En la actualidad encon-
           tramos reminiscencias de esto en el quehacer de los mineros. Por ejemplo,
           al producirse el hallazgo de una mina y antes de iniciar las excavaciones,
           los indígenas colocan una gran piedra blanca de forma redondeada sobre
           un montón de piedras, que rodean de pequeñas cruces de madera como
           piedra de ofrenda a la diosa tutelar, la Pachamama. A esto siguen las liba-
           ciones, festejos curiosos que terminan cuando todos los comensales están
           totalmente ebrios, rocían a la Pachamama con la bebida embriagante dis-
           ponible y escupen encima los restos de coca que han mascado.
              Mientras que en las provincias meridionales que bordean la cordillera la
           vegetación consiste mayormente en bosques secos, en las provincias nor-
           teñas de Tucumán, Salta y Jujuy cambia notablemente. Al descender del
           límite de las nieves eternas, pasamos nuevamente por desiertos de rocalla
           casi desprovistos de vegetación. Poco a poco esta se vuelve más variada;
           a nuestros pies se abren quebradas y valles profundos; majestuosos cactus
           candelabros cubren las pendientes y el terreno se va cubriendo de bos-
           ques. Los árboles no son muy altos ni vigorosos; el follaje es poco espeso y
           la vegetación solo se robustece a medida que se desciende hacia la llanura.
           Las plantas compuestas y las hierbas alcanzan sorprendente altura y sus
           penachos de fl ores sobrepasan largamente nuestras cabezas cuando las
           atravesamos a caballo. Dejamos atrás el aire puro y fresco de la alta mon-
           taña y nos envuelve la atmósfera húmeda y sofocante de la selva virgen.
           Cedros, laureles y nogales, a menudo de extraordinario tamaño y altura,
           aparecen entremezclados con quebrachos y con cebiles cuya corteza es
           utilizada para curtir; con tipas, lapachos y muchos otros portentosos árbo-
           les forestales. Entre ellos crecen mirtáceas de tono verde oscuro, maleza y
           arbustos tupidos de todo tipo. Las copas de los árboles se entretejen y por
           los robustos troncos cubiertos de musgo trepan lianas que se descuelgan
           de las ramas altas y se deslizan hasta el suelo. Las orquídeas y plantas
           parásitas cubren enteramente la fronda y junto con las trepadoras suelen
           conformar un manto verde impenetrable. Nos abrimos paso con difi cultad
           por encima de troncos secos caídos y por doquier nos rodea el eterno
           pulso vital de la selva virgen. Los papagayos, con su verde plumaje torna-
           solado, vuelan de rama en rama, emitiendo chillidos; los colibríes vuelan de
           fl or en fl or, y una sensación de magia nos invade en la época de fl oración
           de las plantas trepadoras, cuando guirnaldas de fl ores violetas, azules, ro-
           jas y amarillas que cuelgan de las ramas surcan el bosque. De noche, las
           luciérnagas pasan volando como estrellas en la oscuridad, entre ellas el
           gran tuco-tuco, que emite una luz verde intensa que se ve a considerable
           distancia. Estamos sentados en silencio junto a la fogata del campamento
           y el bosque dormido nos envuelve con su misterio. Una rama podrida cae
           al suelo y rompe el silencio con un estampido; crujen las ramas al partirse
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