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112 KARL OENIKE. TRAD. BEATRIZ ROMERO
la oportunidad de recorrer la Cordillera desde Mendoza al sur hasta Sal-
ta al norte, y ascender a la cumbre del Cerro del Fierro, a 5000 metros
de altura. Una y otra vez la vista de estas gigantescas y magnífi cas mo-
les montañosas nos hacía olvidar las mayores fatigas y soportar otras
nuevas. La Cordillera se alza en infi nita diversidad desde la pampa hasta
las cumbres coronadas de nieves eternas. Alternan las formaciones más
variadas; entre las más interesantes se hallan los Colorados, areniscas
coloradas de las provincias de La Rioja y Catamarca que se yerguen en
su potente dimensión y en exuberantes colores que varían de un pálido
rojo amarillento a un rojo encarnado. Sus formas prodigiosas nos recuer-
dan enormes fortalezas y ruinas. Ascendiendo más aun por la Cordillera
encontramos, entre una y otra cadena de montañas, mesetas a menudo
escasamente cubiertas de vegetación. De a tramos, la vegetación desa-
parece totalmente. Los desiertos carentes de agua, que se extienden a
lo largo de varias millas y sobre los que se levantan tolvaneras y grandes
salinas, difi cultan gravemente el avance del viajero y hacen olvidar, por su
extensión, que estamos entre 3000 a 4000 metros de altura sobre el nivel
del mar. Esta altura también marca el límite en que comienzan las nieves
eternas, que se insinúan como pequeños manchones cubiertos de nieve.
La vegetación cesa por completo y ante nosotros se tienden enormes
campos de nieve que ascienden, solo interrumpidos por escarpados pla-
nos negros de rocas que sobresalen de la nieve.
Con excepción de zonas aisladas provistas de minas, la cadena prin-
cipal de la Cordillera está deshabitada. Solo en los desfi laderos nos cru-
zamos de vez en cuando con grandes manadas de ganado vacuno, que
pueden superar las mil cabezas y son llevadas a través de la Cordillera
hasta Chile por boyeros que cautivan con su aspecto salvaje y curtido.
Más al norte también hallamos los caseríos de los indios quechua, que
trazaron caminos y regularon en parte los cursos de agua. Junto a sus
ranchos, muy dispersos y tan ocultos en las quebradas que el extraño
solo los descubre por accidente, hay plantaciones de manzanos y maíz
que dan testimonio del otrora poderoso reino andino de los incas, que se
extendía desde el Perú hasta esta región. Más pobladas están las estriba-
ciones más bajas de la Cordillera en dirección al llano. Allí se encuentran
caseríos y pueblos que pueblan las mesetas que penetran profundamente
en el interior de las diversas cadenas montañosas de la Cordillera hasta
una altura de 1000 a 2000 metros. Suelen ser poblados insignifi cantes
y descuidados, que en parte giran alrededor del quehacer minero y en
parte albergan a seres que viven de la cría de ganado y, sobre todo en las
provincias más meridionales de Mendoza y San Juan, también cultivan la
vid con considerable éxito. Excepto en las más o menos importantes ca-
pitales de las provincias del mismo nombre, el movimiento en las demás
poblaciones y asentamientos es muy escaso y se depende en lo básico
de la hospitalidad de sus habitantes, que se brinda gustosamente al re-
cién llegado. Los llamados hoteles, que en los poblados pequeños son
escasos, suelen ser primitivos y habitados a tal punto por todo tipo de
huéspedes rastreros y voladores que es preferible armar la tienda habitual
al raso junto al hotel.

