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110              KARL OENIKE. TRAD. BEATRIZ ROMERO



           dad poblacional en las provincias habitadas se acerque a 2,5 habitantes por
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           km . Gran parte del progreso del país se debe a los inmigrantes, en su ma-
           yor parte italianos y españoles –éstos en su mayoría vascos–; en segundo
           lugar a franceses y en menor medida a ingleses y alemanes. Estos últimos,
           mezclados con suizos y austríacos, prefi eren radicarse en las provincias de
           Santa Fe y Entre Ríos, donde se practica la agricultura y donde establecieron
           colonias fl orecientes. En la capital, Buenos Aires, que cuenta con medio mi-
           llón de habitantes, la fracción alemana está muy bien representada, ante todo
           por grandes casas de comercio y fábricas. La cohesión y bienestar de dicha
           colonia están asegurados por instituciones alemanas como clubes, diversos
           periódicos y colegios alemanes, un hospital, una iglesia alemana y demás.
           Aunque en Buenos Aires el lenguaje corriente es el español, la mayoría de los
           extranjeros se expresa en alemán y con igual frecuencia en italiano, francés
           e inglés. Si bien la metrópoli es marcadamente internacional en este y otros
           muchos sentidos –y en lo que respecta a medios de transporte, instalaciones
           y edifi cios se encuentra a la altura de cualquier otra gran urbe–, todo lo con-
           trario ocurre en las tierras llanas, el campo, como lo llaman aquí.
              La pampa abarca una superfi cie de muchas millas y, aunque en la actua-
           lidad está poblada en diversos lugares, aún se encuentran extensiones vas-
           tísimas en su estado original, de modo que los pocos espacios poblados no
           hacen más que resaltar la curiosa impresión que provoca este panorama uni-
           forme. Durante días enteros el jinete que atraviesa la pampa sobresale como
           el pico más alto en toda la extensa llanura. A su alrededor, la vista abarca una
           planicie aparentemente infi nita cubierta de pastos que nos llegan hasta las
           rodillas; el horizonte azulado se pierde a lo lejos y solo espaciadamente en-
           contramos algún manchón de tierra menos tupida. De tanto en tanto rompe
           la monotonía algún animal salvaje que huye espantado al cruzarse con no-
           sotros: un avestruz, un peludo o las vizcachas –los conejos de las pampas–,
           que esperan que se ponga el sol para salir de sus cuevas excavadas en la
           tierra y retozar en grandes grupos durante la noche. De vez en cuando nos
           topamos con rebaños de ganado pastando y a lo sumo un convoy de carre-
           tas que avanza a paso lento, hasta que una pequeña laguna interrumpe la
           llanura y en el horizonte lejano se vislumbra un árbol solitario, un ombú, señal
           de que nos estamos aproximando a un poblado o al rancho de un gaucho.
              Los gauchos son los habitantes del campo por antonomasia. Son des-
           cendientes de los conquistadores españoles y mujeres indígenas. Se dedi-
           can principalmente a la cría de ganado y llevan una vida nómade a caballo
           por las pampas argentinas.
              Amén de los pueblos ecuestres bárbaros patagones e indios pampa que
           viven más al sur, el gaucho es el jinete típico de la Argentina, que nunca se
           separa de su caballo. Recorre a caballo incluso las distancias más cortas y
           son increíbles las fatigas que un caballo de campo como este logra soportar
           en vista de la extrema falta de cuidados. No conoce establo ni cuidados
           como los conocemos en Europa y debe procurarse el sustento en el campo.
           El orgullo del gaucho es su hermosa montura, el freno y las riendas tachona-
           das de plata y sus potentes espuelas, en lo posible también de plata. A esto
           se agrega el colorido poncho, que consiste en un paño de lana alargado,
           de trama ajustada, con una abertura en el centro para pasar la cabeza, de
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