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ESBOZOS DEL PARAGUAY                   119



               llaje oscuras que vierten sombra, y, ya más cerca, ya más lejos, aparecen
               exóticos grupos de árboles a través de la niebla. Luminosos relámpagos
               de sol se deslizan por el agua, los rayos pasan a través de la neblina, y
               debajo nuestro se extiende, liso como un espejo, el agua verdosa. Cada
               pequeña rama, cada árbol y junco se ven refl ejados, la niebla deja sus di-
               minutas gotas colgados de ellos y, envueltas en rocío, aparecen relucientes
               y con destellos las agradables orillas boscosas del Paraguay. Una vege-
               tación maravillosa y abundante se extiende ahora bajo la clara luz del sol.
               Palmeras esbeltas y graciosas surgen entre la tupida selva y toda la maraña
               de plantas trepadoras, los cortinados de follaje junto a los troncos llenos
               de musgo producen un cuadro de maravilloso esplendor. Con lento aleteo
               toma vuelo una garza, se elevan aves acuáticas… ha comenzado el día.
               También en la cubierta comienza el movimiento, y ya detonan por el aire
               matutino los disparos de los pasajeros ávidos de caza, tan pronto como se
               muestran los aquí frecuentes cocodrilos o las aves.
                  Aunque el Paraguay no llega a la dimensión del Paraná, sigue siendo un
               río que sobrepasa mucho nuestros más grandes ríos alemanes. Su ancho
               promedio es de entre 600 y 800 metros, en algunos lugares hasta de 1000
               a 1500 metros. Cuando hay crecida, el río inunda grandes extensiones de
               la costa, de modo que las copas de los árboles sobresalen del agua. En la
               orilla alta de la izquierda [la oriental] pasamos pequeñas e insignifi cantes
               poblaciones y las ruinas del que fue el Fuerte Humaitá. Mientras que en la
               orilla derecha [la occidental], más baja, se encuentran aisladas colonizacio-
               nes argentinas del Gran Chaco, de esta zona inmensa e inexplorada en su
               mayor parte, rica en selvas y en pantanos, que se extiende –desde el Río
               Salado en Argentina hasta lejos al norte en Bolivia– a unos diez grados de
               latitud, desde el grado 19 al 29 latitud sur. Son los antiguos cotos de caza
               de los indígenas, con cuyas tribus los colonos vecinos todavía deben librar
               guerras con frecuencia.
                  Cerca de Asunción las barrancas se yerguen cada vez más altas y es-
               carpadas y poco antes de llegar a la ciudad avanza un pintoresco y empi-
               nado paredón de roca morada. Y ahora, tan pronto el vapor pasa por este
               último promontorio, se extiende ante nosotros, luego de seis días de viaje
               subiendo el río, Asunción, la capital del Paraguay. Situada sobre altas ba-
               rrancas cerca del río, presenta una vista sorpresiva y bella. Aisladas cons-
               trucciones monumentales e iglesias se levantan sobre las casas bajas, que
               constan por regla general de nada más que la planta baja. Entre las cons-
               trucciones grandes hay que mencionar especialmente la casa de gobierno,
               un edifi cio espléndido de piedra arenisca en dimensiones gigantescas, que
               se ve como un palacio. Ha sido erigido ya bajo la presidencia de López,
               pero no se terminó, a raíz de la guerra de 1865-1870, y solo fue fi nalizado
               en años recientes. El interior de la ciudad, por cierto, debilita mucho esta
               primera bella impresión de la arquitectura y el paisaje, pero en cambio la
               vida en la calle es copiosa en detalles interesantes y originales. Aquí se
               juntan los más fuertes contrastes: la vida europea moderna al lado de la
               originaria y tradicional de los nativos. Aquí nos encontramos con el más
               moderno europeo con su levita y sombrero de copa, agitando su pequeño
               bastón; a su lado marcha un indígena semidesnudo con arco y fl echa, un
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