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120 KARL OENIKE. TRAD. REGULA ROHLAND
descendiente venido a menos de la tribu de indios payaguá, que antes do-
minaba esta zona con su poder. Como tercer elemento se agrega el para-
guayo nativo, el campesino, cuya vestimenta confi ere a la vida callejera un
aspecto característico. Domina en la vestimenta el color blanco, que con-
trasta llamativamente con el pardo de la piel. Ante todo, las mujeres con sus
amplios chales blancos que caen desde la cabeza, impresionan de forma
diferente. Se las puede observar perfectamente en el mercado, donde hay
un colorido y vivaz movimiento durante todo el día. En las mañanas, antes
de que comience el día, se acercan descalzas como se usa generalmente,
las mujeres del entorno, vestidas de blanco, llevando sobre la cabeza los
productos del país: frutas, hortalizas y todo tipo de otras cosas. Una joven
compra un trozo de chipá, un tipo de pan hecho de harina de maíz o de
mandioca, con carne o queso o mezclado con otras cosas. La bella morena
abre su paño blanco, introduce la mano en su seno mal cubierto y extrae
de allí el dinero de papel hecho un bollo; lo que queda vuelve a meterlo allí
y aprovecha la ocasión para extraer del mismo escondite un cigarro liado
por ella misma, cuya forma muchas veces es de veras sorprendente. Se
enciende el dudoso pitillo y la hermosa sigue viaje, fumando y masticando.
Las afueras de Asunción son ricas en bellezas paisajísticas, con una ve-
getación exuberante y preciosas vistas panorámicas. Por ello excursiones a
pie o a caballo traen una rica cosecha de impresiones y observaciones inte-
resantes. Un punto del paisaje especialmente bello es la “colonia paraguaya
para alemanes”, San Bernardino, que está siendo visitada desde Buenos Ai-
res ya hace un tiempo por su excelente clima como balneario de aire puro .
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Situada a unos 40 kilómetros al este de Asunción en una sierra boscosa, la
llamada “Cordillera”, lamentablemente no está unida con Asunción directa-
mente por tren y se llega allí dando vueltas y a veces con difi cultad.
San Bernardino se fundó en 1881 por el entonces presidente de la repú-
blica, el General Bernardino Caballero y tiene su nombre gracias a él. Sería
muy largo detallar aquí la historia de la colonia y desde el punto de vista de
la colonización no sería una imagen positiva. Ante la falta de mercados para
los productos y forzados por las circunstancias económicas desfavorables,
los colonos prefi rieron aprovechar la ubicación en el paisaje y crear un bal-
neario para los argentinos. Es especialmente idónea para esto la ubicación
de la llamada “plaza de la ciudad”, el punto de concentración de la colonia,
en un lugar montañoso sobre la costa del Ypacaraí, un lago extenso y bello.
Se edifi caron chalets de ricos comerciantes, hoteles y balnearios, de modo
que este lugar idílico del Paraguay seguirá siendo cada vez más popular. El
lago, la laguna Ypacaraí, se extiende por el valle con un largo de unos 20
kilómetros, con 4 a 5 kilómetros de ancho. Con excepción de un solo lugar,
en el que el llamado Cerro Colonia baja abruptamente hacia el agua, las ori-
llas bajan planas de los cerros boscosos, y con sus múltiples vueltas y rica
vegetación dan un aspecto hermoso. Patos silvestres y aves acuáticas dan
vida a las orillas, y en los tupidos mallines se alberga el carpincho.
8 Balneario de aire: lugar destinado a paseos para pacientes de enfermedades respira-
torias, para la población de las grandes ciudades. Ha caído en desuso esta categoría de
lugar de descanso en vista de los hábitos más saludables de nuestro tiempo.

