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INTRODUCCIÓN                          9



              la política comunitaria y más allá de la comuna. Para las mujeres no quedaba
              ningún ámbito fuera del hogareño, en el que pudiera desarrollar sus capacidades
              de organización, liderazgo y de evolución personal. Ni siquiera existía el escape
              de una profesión femenina que le hubiera permitido una vida digna fuera del
              matrimonio. Como hilandera podía lograr un sustento mínimo, sin perspectiva de
              mejorar su situación. Quien ejercía el papel de partera o médica curandera,
              siempre estaba expuesta a ser considerada bruja. El papel de la mujer era el de
              acompañar y servir a su esposo, no se fomentaba su desarrollo como persona,
              sino que se la destinaba a apoyar al varón, llegándose a casos de sumisión en
              la que se borraba totalmente su capacidad propia, como lo presentó con algunos
              ejemplos drásticos Rosa Montero en su libro Nosotras (2018). Lógicamente,
              entonces, no aparecen como protagonistas activas de la historia, sino a lo sumo
              como acompañantes, con la sola excepción de casos en los que faltaba en la
              cumbre de la sociedad el heredero masculino. En estos casos se concedía a las
              hijas del rey el derecho a acceder al trono y tomar las riendas del gobierno, pero
              se trataba de excepciones que no se proyectan a las congéneres .
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                 A lo largo de los siglos no faltaron voces que reclamaran una mayor autono-
              mía femenina, pero estas apenas lograron dejar tenues rastros en la historia y
              no alcanzaron para devolver o abrir a las mujeres un papel de igualdad con
              respecto a los varones.
                 Pero a partir de la segunda mitad del siglo XIX y más generalmente en el
              curso del siglo XX se fueron poniendo en duda y luego desarmando poco a poco
              estas convenciones, cuestionadas por algunas mujeres que no se lograban
              adaptar y cuyo entorno les permitía una educación a la altura de su época, y por
              algunos perspicaces pensadores. Encontramos desde mediados del siglo XIX
              la profesión de maestra, que constituye un ámbito de actividad justificada y que
              a su vez permite un sustento fuera de la situación de casada para las mujeres.
              Desde fines de ese mismo siglo las mujeres penetran en los ámbitos de la uni-
              versidad y producen algunas exitosas figuras académicas. Se instala cada vez
              más la profesionalización de enfermeras y de secretarias, o sea, de trabajos en
              los que la profesional secunda a algún médico o jefe. En cambio, solo excep-
              cionalmente llegaron mujeres a cargos de relieve en la investigación y docencia
              superior, y también tardaron en instalarse profesiones femeninas independientes.
              Se puede observar que aún en el siglo XXI, aunque con excepciones alentado-
              ras, la lucha por los cargos superiores suele librarse entre varones, debido a que
              las mujeres mismas y su entorno han interiorizado y asumido como natural su
              rol pasivo. Sin embargo, un ámbito profesional que nunca les fue arrebatado
              totalmente era el de partera. Es curioso ver entre tantos avisos de profesionales
              masculinos en los diarios del tardío siglo XIX los avisos de las parteras. La Dra.
              Petrona de Eyle (1866-1945), de ascendencia suiza, temprana luchadora por los
              derechos de la mujer en la Argentina, era médica de mujeres y obstetra.



              2     Acaba de salir la segunda edición del libro Nosotras, de Rosa Montero, en el que se narran,
              entre otras, historias de mujeres del siglo XX que sometieron sus indiscutidas capacidades
              personales al interés de sus maridos para ayudar a éstos en su carrera y su desarrollo perso-
              nal. Estar al servicio de un varón, borrando toda pretensión personal, ha sido el destino de
              innumerables mujeres.
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