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           turales que salen a su encuentro. Si bien estas eran sus primeras experien-
           cias directas con indígenas y criollos, Ruez está culturalmente predispuesto
           a ellas, dado que desde mediados del siglo XIX existía en Alemania un arrai-
           gado gusto social por los pueblos exóticos que se nutría de la literatura de
           viajes y aventuras al estilo Karl May , los numerosos museos de antropo-
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           logía como el de Múnich y los frecuentes Völkerschauen (espectáculos en
           vivo de pueblos exóticos. Véase Kohl 2019). Recordemos, además, que la
           configuración histórica referida se enlazaba con el ideal pedagógico hum-
           boldtiano que hacía depender la consecusión de una auténtica “cultura”
           en un hombre (varón) del trabajo de interiorización de realidades objetivas
           y diversas (en especial, el vínculo con lo femenino, las lenguas extranjeras
           y los viajes hacia culturas distantes). Habiendo sido expuesto a estas ex-
           periencias que posibilitan que “el alma realice el camino hacia sí misma” a
           través de la exterioridad, un hombre podría considerarse realmente cultiva-
           do y ya no superficialmente civilisée . De modo tal que Ruez, aun obligado
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           a escaparse a Südamerika y enterrarse en un agujero en el “medio de la
           nada”, parece vislumbrar precisamente allí una oportunidad de autoculti-
           varse, deutscher Stil.
              Esta anécdota con los Naturvölker chaqueños contrasta profundamente
           con su traumática experiencia con los “salvajes” soldados africanos en Eu-
           ropa. En el “encuentro” en el Chaco nunca está en riesgo la jerarquía entre
           el “visitante” europeo Ruez y el “huésped” nativo, como sí lo había esta-
           do en las trincheras de la guerra. La experiencia de la alteridad americana
           viene de este modo a proporcionar un refuerzo simbólico de la identidad
           germánica culta y, a la vez, opera como conjuro contra la contaminante
           proximidad de los africanos armados, verdadera imagen de espanto que
           amenaza la ruptura del pacto colonial compartido por todas las naciones
           beligerantes de la Europa blanca y occidental.
              De vuelta de esta peripecia, Ruez inaugura la normalidad de una vida
           de colono: se instala en Charata, planta algodón en su chacra y ejerce su
           profesión de médico y boticario. Pero la rutina dura solo unos años y en
           1924 deja el Chaco a causa de una seguidilla de desgracias, siendo la más
           dolorosa entre ellas la muerte accidental de su hijo varón.

                 Así también yo quedé una vez más sin hogar. Es mi duro destino que
                 en ningún lado logre radicarme permanentemente; siempre debo irme,
                 siempre soy expulsado. Así ha sido desde mi más tierna juventud. Si
                 me hubiese quedado en mi primera propiedad, no habría tenido que

           16    Karl May (1842-1912), el prolífico escritor de aventuras y creador del personaje indíge-
           na Winnetou, había publicado en 1894 una novela en dos partes ambientada en Uruguay
           y Argentina: Am Rio de la Plata e In den Kordilleren, esta última con escenarios en el Gran
           Chaco.
           17    Vale la pena citar este tópico del pensamiento alemán en la voz del sociólogo Georg
           Simmel, un contemporáneo de Ruez: “El valor específico del estar-cultivado resulta inac-
           cesible para el sujeto si no lo alcanza por el camino que discurre sobre realidades espi-
           rituales objetivas; estas, por su parte, son valores culturales objetivos solo en la medida
           en que conducen a través de sí aquel camino del alma desde sí misma hasta sí misma,
           desde aquello que podría denominarse su estado natural hasta su estado cultural” (Sim-
           mel 2008: 105).
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