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UNA EXCURSIÓN POR EL PARAGUAY 127
donada, donde acampamos. Nos encontrábamos directamente al pie del
cerro Tatuy. Al rato, un fuego vivo llameaba delante de la choza medio de-
rruida pegada al linde del bosque y confeccionada de modo primitivo con
troncos fi nos, ramas y pasto seco. Junto a nosotros pastaban los caballos
en un potrero de espléndido pastizal circundado por la selva. Habíamos lle-
gado en horas tempranas de la tarde y me dio tiempo de hacer un bosquejo
del cerro Tatuy, que se elevaba frente a nosotros. La tarea se me hizo su-
mamente difícil debido a los tábanos. Era casi inconcebible la forma en que
nos acosaban. Cada picadura se transformaba en una pequeña ampolla de
sangre y no pasó mucho tiempo antes de que tuviéramos las caras y ma-
nos cubiertas e hinchadas. También los caballos se revolcaban en el pasto,
exasperados. Nos costó soportar este tormento con la calma necesaria.
Luego, el ambiente romántico volvió al campamento y nos envolvió una
profunda paz. El crepúsculo se tendía sobre el potrero como un silencioso
lago verdinegro rodeado por las avanzadas del denso bosque selvático,
que se perdía en una oscura sombra de azul difuso. Más allá se elevaba la
cumbre boscosa del legendario cerro Tatuy en toda su potencia y lobre-
guez. Sentados alrededor del fuego, intercambiábamos opiniones sobre la
forma en que escalaríamos el pico más alto al día siguiente. Las sombras
empezaron a envolvernos y se desvaneció el resplandor dorado del cielo.
Cuando la noche teje sus velos perfumados en el atardecer; cuando la luna
esparce su luz relumbrante sobre las lianas y el fuego del campamento
arde tenuemente iluminando los viejos troncos fantasmales, callamos ante
el encanto sugestivo que ofrece la soledad de la selva. Como chispas de
verde luminosidad saltan las luciérnagas, jugando como en sueños a la
luz de la luna. De a poco se extingue el fuego y la selva empieza a tejer su
trama encantada.
Siguió una hermosa mañana soleada y nos dispusimos a emprender la
escalada. Uno de los nativos quedó en el rancho para cuidar del equipaje
y los caballos que debimos dejar atrás, y solo provistos de algunas mantas
de lana enrolladas para pasar la noche, algunas provisiones y botellas de
mate frío, el rifl e al hombro, emprendimos nuestro viaje.
Los dos paraguayos que encabezaban la marcha avanzaban lentamente
por el bosque tupido, utilizando con habilidad sus machetones; nosotros
los seguíamos paso a paso en fi la india a través de la maraña de plantas tre-
padoras y matorrales. Traspusimos un arroyo profundo que nos cortaba el
paso, avanzando sobre un tronco delgado que hacharon en un abrir y cerrar
de ojos y pasamos sobre otro, que vino rodando a nuestro encuentro junto
con bloques de piedra y cantos rodados. Poco después nos cruzamos en
medio del bosque con un campamento de forma redondeada y gran tama-
ño abandonado por los indios, donde solo quedaban esparcidos algunos
troncos y ramas medio carbonizadas. Continuamos subiendo a través del
bosque intrincado y los altos bambúes y llegamos así a un pequeño arroyo
pedregoso –el tercero que vadeábamos–, donde nos detuvimos a descan-
sar un rato y refrescarnos con su agua deliciosa. El ascenso se volvía cada
vez más empinado y difícil. De improviso se alzó frente a nosotros una peña
escarpada como un muro vertical de unos 8 m de altura. Parecía imposible
de escalar y rodeaba en gran medida la montaña. Luego de deliberar breve-

