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UNA EXCURSIÓN POR EL PARAGUAY              129



                  Haciendo el menor ruido posible y observando cuidadosamente el en-
               torno, avanzamos por el interior del bosque hacia el sudeste. Junto a las
               chozas y en los alrededores encontramos palmeras taladas cuyos troncos
               estaban ahuecados en diversos lugares en forma de bateas de unos 50 cm.
               Nuestros guías sostenían que los indios extraían de ellas los “gusanos” que
               viven en la pulpa de la palmera y consideraban un manjar. También es co-
               mestible la pulpa misma. Los tajos estaban aún frescos; la madera se veía
               rosácea y húmeda, por lo que supusimos que las palmeras habían sido tala-
               das pocos días antes o incluso el día anterior. A pesar de los claros indicios
               de que había indios en las inmediaciones y de que pusimos toda nuestra
               atención en detectarlos, no pudimos ver a ninguno. Es probable que se
               hubieran percatado de nuestra presencia el día anterior, internándose en
               el bosque. Tampoco el suelo exuberante y enmarañado nos permitió des-
               cubrir huellas de pisadas, por lo que habría sido inútil tratar de rastrearlos.
               Una vez más, maltrechos por las picaduras de los mosquitos, pasamos la
               última noche en la choza india junto al potrero y regresamos al día siguiente
               a Villa Rica por otro camino, tan malo y pantanoso como el anterior, pasan-
               do por el poblado Capilla Borja. De allí regresamos por el camino conocido,
               luego de doce días de ausencia, a nuestra acogedora guarida cervecera.

































                                      Cerro Tatuy, por Oenike
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