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126              KARL OENIKE. TRAD. BEATRIZ ROMERO



              Muy temprano al día siguiente, después de pernoctar en Villa Rica, ca-
           balgamos con un tiempo espléndido al encuentro de nuestro destino. En
           la lejanía se elevaba ante nosotros una extensa cadena de montañas, la
           Cordillera de Villa Rica. A medida que nos acercábamos iba empeorando el
           camino. A cada paso los caballos se hundían en el barro y el pantano, solo
           interrumpido aquí y allá por franjas de agua titilante. Quedamos encerrados,
           sin posibilidad de salir. Por suerte encontramos a dos jinetes paraguayos
           que nos acompañaron un trecho y nos volvieron al camino, también bas-
           tante pantanoso. Una vez allí se mostraron curiosos por saber de dónde
           veníamos y a dónde nos dirigíamos. Nos contaron todo tipo de historias de
           asaltantes, cuyos protagonistas eran los legendarios indígenas guayaquíes,
           que invariablemente culminaban en que probablemente los diminutos gua-
           yaquíes nos apresarían a nosotros antes que nosotros a ellos. Más tarde,
           otros nativos nos contaron historias de indios que giraban en torno a fan-
           tasmas y tesoros enterrados y nos recordaban nuestros cuentos infantiles
           de enanos. Aparentemente, la región del cerro Tatuy inspiraba gran temor
           a esta gente. Nuestros dos acompañantes se despidieron y hacia el medio-
           día llegamos a un pequeño arroyo, el Yacá-mí, donde hicimos un alto junto
           al linde de un hermoso bosque, para dejar que los caballos se repusieran
           y pastaran a la sombra de los mirtos y laureles. Luego de dos horas de
           descanso retomamos la marcha y nos encontramos una vez más en los
           inevitables pantanos. Fue una cabalgata espantosa: el suelo era un barro
           viscoso que se pegaba a las patas de los caballos. Alternaba con terrones
           de hierba altos y compactos, donde los animales se afi rmaban por un ins-
           tante con sus patas delanteras mientras las traseras quedaban hundidas en
           el barro. Al dar el paso siguiente sucedía lo contrario, aunque también hubo
           momentos en que estuvimos hundidos en el barro hasta la montura. Tenía-
           mos para elegir. Pudimos recorrer un corto trecho a través de un hermoso
           bosque con árboles grandes y robustos cubiertos de plantas trepadoras,
           para perdernos al instante de nuevo en el pantano. Por fi n encontramos el
           camino indicado; a la tarde cruzamos un pequeño arroyo, el Yacá-guazú,
           y al anochecer llegamos al potrero Concepción, donde pasamos la noche
           en un rancho.
              A primera hora de la mañana siguiente tuvimos la oportunidad poco ha-
           bitual de contemplar toda la tierra cubierta de rocío, que se disipó apenas
           asomó el sol. Mientras tomábamos nuestro mate, como es costumbre aquí,
           contemplábamos a lo lejos la cumbre del cerro Tatuy. Nuestra principal
           preocupación era encontrar a nativos que nos hicieran de baqueanos en
           el bosque, abrieran picadas, etc., y los hallamos en los tres hermanos Ra-
           mírez, que vivían en un rancho cercano y ya habían acompañado al doctor
           Jordan en su primera gira. Se repitió la cabalgata extremadamente ardua
           del día anterior a través de campos abiertos, potreros pantanosos y, por
           momentos, espléndidas fajas de tierra selvática, que debimos recorrer a pie
           llevando a los caballos por la brida. Los baqueanos, que hacían punta, nos
           abrían paso a machetazos entre las plantas trepadoras y el denso ramaje
           con increíble rapidez y seguridad.
              Después de atravesar cerca de tres fajas selváticas llegamos a un po-
           trero, a un costado del cual se hallaba una pequeña choza de indios aban-
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