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128              KARL OENIKE. TRAD. BEATRIZ ROMERO



           mente, intentamos darle la vuelta por el lado oeste y nos dimos con una es-
           trecha grieta en la roca, que uno de los paraguayos logró escalar, descalzo.
           Luego izó nuestros rifl es y demás pertenencias por medio de lianas y poco
           después también nosotros logramos vencer este obstáculo sin percances.
           En una hora y media de esforzada caminata trepamos la última cuesta, es-
           carpada y pedregosa, que nos permitió vislumbrar el panorama que yacía
           a nuestros pies. Por fi n llegamos a la cumbre más elevada del cerro Tatuy.
              Hacia un lado, de sudeste a sudoeste, apareció en toda su amplitud una
           planicie tenue y perfumada que se desplegaba a la luz del sol resplande-
           ciente. En las profundidades divisábamos los lindes del bosque y nuestro
           potrero, que se destacaba por su suculento verdor. A su lado se enlazaban
           pantanos, trechos llanos y más potreros; entre ellos, como islas, largas ex-
           tensiones de bosques. Hasta donde alcanzaba la vista veíamos un potrero
           al lado del otro cubriendo una superfi cie apenas ondulada aquí y allá, hasta
           que en la azulada lejanía una cordillera de pareja elevación enmarcaba la
           planicie. Hacia el sudeste el bosque se tendía hasta el infi nito y por los otros
           costados un tenue azul brillaba a través de los árboles y arbustos enmara-
           ñados que nos impedían la visión. La medición barométrica de altura que
           realizó el Dr. Jordan dio 695 m.
              Después de descansar durante una hora comenzamos el descenso y
           llegamos a un hermoso arroyo rocoso a última hora de la tarde, castigados
           por el calor, la sed y las picaduras de avispa. Después de beber abundante
           agua decidimos acampar allí. No tardamos en encontrar un lugar adecua-
           do, encendimos una fogata y, satisfechos con nuestro éxito, nos envolvi-
           mos en nuestras mantas y pasamos una noche más en el bosque selvático.
           Partimos al alba y a la mañana siguiente alcanzamos sanos y salvos nuestra
           choza india, para alegría del paraguayo que había quedado allí, temiendo
           no ver más a sus hermanos ni a nosotros.
              No nos demoramos en el campamento y al poco tiempo volvimos a em-
           prender otra excursión en dirección al este, internándonos en la selva. En
           su primera excursión, el Dr. Jordan había descubierto algunas chozas que
           probablemente habían pertenecido a indios guayaquíes y las queríamos
           volver a ver. En el denso y salvaje bosque, en parte pantanoso y cubierto de
           musgo, fabricamos un puente con troncos para atravesar algunos arroyos.
           Allí descubrimos diversas huellas, entre ellas de jaguar, pero por desgra-
           cia ninguna de indio. Después de penetrar con difi cultad en el bosque, lo
           cual nos llevó unas tres horas, llegamos al campamento abandonado por
           los indios, que constaba de dos chozas confeccionadas de manera suma-
           mente primitiva. Su altura no pasaba de 1,20 m. En el emplazamiento de
           una antigua fogata encontramos gran cantidad de conchas cascadas de
           caracol y diversos huesos de animales salvajes de pequeño porte, como
           monos, quirquinchos y demás, lo que nos llevó a suponer que los habitan-
           tes del lugar no serían muy selectivos en la composición de su menú. Por
           otros objetos de mayor o menor interés etnográfi co, como también por las
           superfi cies de corte en los árboles, etc., concluimos que deben hallarse a
           un nivel cultural más bajo, siguen utilizando herramientas de piedra y pro-
           bablemente sean de baja estatura.
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