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74 GERMÁN FRIEDMANN
dictatoriales europeos), y lo hizo hacia 1944 para reivindicar la revolución
del 4 de junio de 1943. En ese concepto no entraba el gobierno de José
Félix Uriburu (que de los presidentes de la época, era el más afín al
fascismo), y no entraba porque Torres despreciaba tanto o más que Uriburu
a la “democracia liberal”. Para Torres, los “infames” eran los gobiernos que
él consideraba liberales, por ejemplo, los de Agustín Pedro Justo y Roberto
Ortiz. Es decir, la “década infame” de Torres no condenaba primordialmente
ni el fraude ni los golpes de estado, sino el liberalismo de aquellos gobiernos,
a quienes asociaba además con el imperialismo británico.
A partir de lo señalado, es importante tener en cuenta que en el golpe
de 1930 había al menos dos concepciones de la revolución en juego.
Para Uriburu la revolución debía ser el inicio de un cambio de régimen,
introduciendo una reforma constitucional que terminara con las instituciones
liberales y/o democráticas e impusiera otras de inspiración corporativista.
Para este fin contó con el respaldo de diferentes grupos nacionalistas y
filofascistas, que bregaban por una supuesta regeneración nacional liderada
por el ejército.
Por otro lado, existía una postura distinta que no quería abandonar
el régimen republicano ni la Ley Sáenz Peña. A ella adhería la mayoría
de quienes habían respaldado al golpe, entre ellos, los grandes diarios
nacionales (como La Nación, La Prensa, Crítica), Agustín P. Justo, los partidos
políticos (incluida una parte importante del radicalismo), los estudiantes de
la Universidad de Buenos Aires y también el Argentinisches Tageblatt. Desde
esta perspectiva, el golpe de 1930 entraba en una tradición que percibía
la utilización de la fuerza, por ejemplo, a través de una revolución, como
un recurso legítimo frente a los excesos del poder, funcionando como un
instrumento de resistencia contra los gobiernos que se consideraban como
despóticos (Sabato, 2021). Cabe destacar que, desde finales del siglo XIX,
aquellas “revoluciones republicanas” civiles habían sido encarnadas por
el radicalismo y por Hipólito Yrigoyen (y que, dicho sea de paso, también
fueron apoyadas por el Argentinisches Tageblatt). Su objetivo era regresar
a la normalidad constitucional que habría estado siendo violada por un
déspota, en este caso, el propio Yrigoyen (De Privitellio, 2012).
Lo cierto es que el golpe del 6 de septiembre de 1930, al que por
entonces todos llamaban “Revolución”, tuvo una gran popularidad. Fue un
acontecimiento más civil que militar que contó con muy poca resistencia.
El por entonces capitán Juan Domingo Perón (quien también apoyó al
golpe) indicó que aquella intervención militar habría sido un fracaso, si no
hubiera sido por la intervención del “pueblo,” que pudo salvarla cuando en
forma de una “avalancha humana desbordó en las calles al grito de ‘viva
la revolución’, que tomó la casa de Gobierno, que decidió a las tropas en
favor del movimiento y cooperó en todas formas a decidir una victoria que
de otro modo hubiera sido demasiado costosa si no imposible” (Perón,
1957, p. 310).
Por consiguiente, en su apoyo inicial al golpe, el Argentinisches
Tageblatt no fue para nada original, como tampoco lo fue su postura frente
a la revolución de junio de 1943, a la cual también apoyó, aunque sólo
en sus inicios, en su primer mes más o menos, dado que el periódico no

