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           dictatoriales europeos), y lo hizo hacia 1944 para reivindicar la revolución
           del 4 de junio de 1943. En ese concepto no entraba el gobierno de José
           Félix Uriburu (que de los presidentes de la época, era el más afín al
           fascismo), y no entraba porque Torres despreciaba tanto o más que Uriburu
           a la “democracia liberal”. Para Torres, los “infames” eran los gobiernos que
           él consideraba liberales, por ejemplo, los de Agustín Pedro Justo y Roberto
           Ortiz. Es decir, la “década infame” de Torres no condenaba primordialmente
           ni el fraude ni los golpes de estado, sino el liberalismo de aquellos gobiernos,
           a quienes asociaba además con el imperialismo británico.
               A partir de lo señalado, es importante tener en cuenta que en el golpe
           de 1930 había al menos dos concepciones de la revolución en juego.
           Para Uriburu la revolución debía ser el inicio de un cambio de régimen,
           introduciendo una reforma constitucional que terminara con las instituciones
           liberales y/o democráticas e impusiera otras de inspiración corporativista.
           Para este fin contó con el respaldo de diferentes grupos nacionalistas y
           filofascistas, que bregaban por una supuesta regeneración nacional liderada
           por el ejército.
               Por otro lado, existía una postura distinta que no quería abandonar
           el régimen republicano ni la Ley Sáenz Peña. A ella adhería la mayoría
           de quienes habían respaldado al golpe, entre ellos, los grandes diarios
           nacionales (como La Nación, La Prensa, Crítica), Agustín P. Justo, los partidos
           políticos (incluida una parte importante del radicalismo), los estudiantes de
           la Universidad de Buenos Aires y también el Argentinisches Tageblatt. Desde
           esta perspectiva, el golpe de 1930 entraba en una tradición que percibía
           la utilización de la fuerza, por ejemplo, a través de una revolución, como
           un recurso legítimo frente a los excesos del poder, funcionando como un
           instrumento de resistencia contra los gobiernos que se consideraban como
           despóticos (Sabato, 2021). Cabe destacar que, desde finales del siglo XIX,
           aquellas “revoluciones republicanas” civiles habían sido encarnadas por
           el radicalismo y por Hipólito Yrigoyen (y que, dicho sea de paso, también
           fueron apoyadas por el Argentinisches Tageblatt). Su objetivo era regresar
           a la normalidad constitucional que habría estado siendo  violada por un
           déspota, en este caso, el propio Yrigoyen (De Privitellio, 2012).
               Lo cierto es que el golpe del 6 de septiembre de 1930, al que por
           entonces todos llamaban “Revolución”, tuvo una gran popularidad. Fue un
           acontecimiento más civil que militar que contó con muy poca resistencia.
           El por entonces capitán Juan Domingo Perón (quien también apoyó al
           golpe) indicó que aquella intervención militar habría sido un fracaso, si no
           hubiera sido por la intervención del “pueblo,” que pudo salvarla cuando en
           forma de una “avalancha humana desbordó en las calles al grito de ‘viva

           la revolución’, que tomó la casa de Gobierno, que decidió a las tropas en
           favor del movimiento y cooperó en todas formas a decidir una victoria que
           de otro modo hubiera sido demasiado costosa si no imposible” (Perón,
           1957, p. 310).
               Por consiguiente, en su apoyo inicial al golpe, el  Argentinisches
           Tageblatt no fue para nada original, como tampoco lo fue su postura frente
           a la revolución de junio de 1943, a la cual también apoyó, aunque sólo
           en sus inicios, en su primer mes más o menos, dado que el periódico no
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