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           la solución planteada por Solari era drástica: “prohibir toda actividad en
           lengua extranjera” y “obligar a los alumnos a concurrir a colegios estatales”
           (Jüdische Wochenschau, 17/10/1941, p.1).
               Frente a eso Ernesto Alemann se vio ante lo que percibía como una
           avanzada sobre los germanoparlantes en general y sobre sus intereses
           en particular, en tanto presidente de la Asociación Cultural Pestalozzi. Así,
           indicó a los integrantes de la comisión parlamentaria que la enseñanza en
           alemán no implicaba necesariamente la “difusión de ideas totalitarias.” Y
           también destacó el papel de la escuela Pestalozzi en favor de los intereses
           argentinos, por ejemplo, proporcionando una rápida nacionalización
           a los niños nacidos en el exterior. Además, redoblaba la apuesta de la
           “argentinidad” desde una posición de defensa estratégica de los intereses
           nacionales. Remarcaba que “un país tan vinculado al mercado mundial”
           como la Argentina necesitaba personas capacitadas en el conocimiento de
           lenguas “para evitar que el comercio exterior fuera manejado exclusivamente
           por extranjeros”, sobre todo, agregaba “teniendo en cuenta la deficiente
           enseñanza de los colegios del  Estado en materia de idiomas” (Ernesto
           Alemann a Raúl Damonte Taborda, 18/9/1941).
               Esta postura es muy interesante, considerando la concepción que
           tenía sobre sí misma la escuela Pestalozzi, que se definía como un colegio
           argentino  con  una  base  cultural  alemana  y  se  proponía  defender  los
           verdaderos valores de la “alemanidad” (Dang, 1934). De hecho, a fines de
           1933, en un clima de discusión sobre la pertinencia de fundar una escuela
           libre  de  la  influencia  nazi,  Alemann  había  señalado  en  el  Argentinisches
           Tageblatt que “muchos padres ya habían retirado a sus hijos de los colegios
           alemanes para inscribirlos en escuelas primarias argentinas, lo que llevaría

           a un debilitamiento de la Deutschtum y la pérdida del idioma alemán.Ambas
           cosas, señalaba, resultaban intolerables para quienes “queremos conservar
           la cultura alemana y preservarla para nuestros hijos” (Argentinisches
           Tageblatt, 19/12/1933, p. 5).
               Es decir, el temor de Ernesto Alemann a que los chicos germanoparlantes
           perdieran las características alemanas mostraba una postura totalmente
           contraria, por ejemplo, a la de Juan Antonio Solari, quien, como se ha
           visto más arriba, pretendía que esos niños entraran compulsivamente a la
           escuela pública justamente para perder aquellas características. Lo que
           Alemann trataba de preservar, como germanoparlante antinazi e integrante
           de la escuela Pestalozzi, era justamente lo que combatían sus compañeros
           de militancia y a veces él mismo en tanto miembro del antifascismo local.
           Aquello que a primera vista parece una postura contradictoria o un doble
           discurso adecuado a distintos públicos, podría en realidad manifestar una
           movilización de distintos sentidos de la nacionalidad y la pertenencia a ella
           (Friedmann, 2019a, p. 95).
               El conjunto de medidas sugeridas por la Comisión Investigadora de
           Actividades Antiargentinas no llegó a efectivizarse, entre otras cosas,
           porque el golpe de junio de 1943 disolvió al Congreso Nacional (Lida,
           2023; Zanatta, 1999; Potash, 1985, p. 263-340). Sin embargo, uno de los
           argumentos esgrimidos por el régimen militar para romper relaciones con
           las potencias del Eje en enero de 1944 fue la existencia de una vasta red de
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