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SEMBLANZA DE LOTTE FRÖHLICH DE THUMANN 115
misionera. Lotte recordaba que los mosquitos la fastidiaban: debía cubrir las
ventanas, acomodar tules sobre cunas y camas y desplegar ingenio para pro-
teger a la familia de las picaduras. Aun así proliferaban debido al calor, y en una
ocasión infectaron de malaria a Hans y a Dietrich cuando era bebé.
Sin amedrentarse, Lotte buscó información y cuando la consiguió estudió qué
posibilidad había de superar los síntomas, sin médicos ni medicamentos cerca.
No era un asunto fácil, porque se trataba de administrar quinina por vía oral en
cantidades precisas, porque un error por exceso en la dosificación podía generar
efectos adversos y riesgosos. Nuevamente la valentía y la decisión se pusieron
en juego. Les administró cuidadosamente la quinina y logró sacarlos adelante.
El matrimonio y los dos niños residieron seis años en Paraguay. Se mudaron
luego a Misiones, donde vivieron igual cantidad de años en Eldorado, una loca-
lidad nacida en setiembre de 1919, a más de cien kilómetros de Puerto Iguazú
y a más de doscientos de Posadas. Había sido fundada como centro de colo-
nización de alemanes, holandeses, suizos, daneses, ucranianos y polacos que
convivían con nativos.
Allí nacieron Gertrude en 1944 y Elmar en 1945. Cuando se refería a ese
traslado en una embarcación, usaba la palabra "indocumentados". Ella tenía sus
credenciales en orden, pero era un tiempo difícil para los alemanes que habían
emigrado del país natal –debido al nazismo– y pudo ocurrir que hubiera alguna
desconfianza generalizada hacia ellos. "También es probable que mi papá tuviera
algún apercibimiento, porque en su juventud había ayudado a un coterráneo, sin
conocer ni averiguar antecedentes… él era así de impulsivo", sostiene su hija
Gertrude.
En Eldorado Hans Thumann trabajaba en las oficinas de una cooperativa
agrícola y en los ratos libres se dedicaba a la fotografía, quehacer que había
aprendido en Asunción. En la roja tierra misionera, Lotte alternaba la crianza de
los hijos y el cuidado de la casa, con el aprendizaje de ese oficio que le enseñaba
su esposo durante las noches. Cuando tenía tiempo, ella sacaba fotos de cua-
tro por cuatro centímetros para documentos y, cuando los niños dormían, ayu-
daba al marido a revelar los rollos. Así empezó con la actividad.
En Misiones conoció a Yvonne Viaenne, una mujer de origen belga, con quien
Lotte cultivó una amistad que duró muchos años y se prolongó en la Patagonia,
tiempo más tarde.
Cuando Elmar era bebé tuvo una afección gástrica, la mamá lo llevó al
médico, quien le recomendó una nodriza para reforzar la alimentación con leche
materna. Se trataba de una mujer nativa que estuvo dispuesta a ayudarla. Reu-
niendo coraje dejó a los hijos mayores, que todavía eran pequeños, en un corra-
lito que ella misma había construido y llevó al bebé para que lo amamantaran.
Ante la nodriza, Lotte observó que el cuello de la voluntariosa mujer estaba
cubierto de una capa oscura que le llamó la atención. Nunca supo si era una
mancha, el emergente de una erupción cutánea o suciedad… pero estaba casi
convencida que era falta de higiene. Entonces pensó que si su bebé soportaba
ese contacto con el desaseo, también podría alimentarse de otra forma.
Anduvo mucho hasta que –reuniendo coraje nuevamente– decidió intentar
alimentarlo con leche en polvo, una alternativa que entonces no tenía muchos
adeptos, ya que hacía poco se vendía en Buenos Aires. Buscó hasta que con-

