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          Emma viaja a principios de marzo de 1969 a Buenos Aires, cuando la renovación
          de los ambientes está concluida y se puede dar comienzo a la instalación de la
          librería. Aunque el tiempo pasado en Perú no le ha procurado aquellos resultados
          espirituales que alguna vez esperara, se encuentra ahora, no obstante, en condi-
          ciones financieras de adquirir una propiedad. Teniendo presente los viajes al lugar
          de trabajo en Lima, que tanto tiempo le demandaban, adquiere el inmueble en el
          centro de la Capital Federal, y vive de ahora en más en el décimo segundo piso
          de un edificio nuevo, que ofrece una espléndida vista sobre la ciudad. Factor deci-
          sivo para la compra del departamento con azotea es para ella disponer en el futuro
          de una mejor calidad de vida de la que tuvo hasta entonces. Del hecho de que con
          la adquisición invirtiera a la vez su dinero de modo adecuado y seguro, no parece
          ella –en opinión del colega Stephan– haber sido especialmente consciente.
            La inauguración de la librería ABC llegó a ser un suceso que llamó mucho la
          atención de los porteños, afectos a la lectura, y a los medios argentinos. Para
          Emma la alegría resultó empañada por una herida en el tobillo sufrida dos días
          antes, que le impidió colaborar en la medida en que lo hubiera deseado. Desde
          el principio, el negocio marcha de maravilla, no en último término gracias a un
          personal entrenado, que Horst Stephan ha traído consigo de Pigmalión. A con-
          tinuación, son viajes a México y Cuba los que ayudan a Emma a tomar la nece-
          saria distancia de la cotidianeidad laboral. A instancias de Moll, ABC abre, en el
          año 1971, otras filiales, en San Pablo y en Ecuador, que, no obstante, son cerra-
          das al cabo de un tiempo, dado que Barta-Mikl y Stephan, aún en equipo, no
          están en condiciones de mantener bajo control librerías en cuatro países.
            Sorpresivamente para amigos y colegas, Emma se jubila en marzo de 1975.
          Un amigo de juventud le regala un pasaje de ida y vuelta a Europa, para que
          pueda –tal como se lo propone– volver a ver a los compañeros de días pasados.
          El viaje la lleva también a Hamburgo y a Wuppertal, donde Paul Zech pasó doce
          años de su vida.
            A la vuelta, vuelve a cansarse de vivir en el centro de la gran ciudad. Con una
          pérdida considerable, vende su departamento, adquiere en 1976 una vivienda
          en el piso vigésimo segundo de un rascacielos de la Avenida Maipú en Vicente
          López y se compra un perro. En el nuevo domicilio tiene al menos una vista aún
          mejor y puede pasear con su Schnauzer Seppi por zonas verdes. De cuando en
          cuando se encuentra con Horst Stephan, quien vive a cinco minutos de su casa.
          Y a él también le cuenta acerca de sus nuevos hobbies, el cultivo de plantas y
          la pintura zen. Ahora que Emma podría vivir despreocupada, ya que no tiene ni
          problemas profesionales ni financieros, tiene que afligirse por su hijo, que padece
          de un tumor incurable en el conducto auditivo superior de un oído y se encuen-
          tra internado. A mediados de diciembre de 1976, Stephan se declara dispuesto
          a llevar un domingo con el coche a la ex-colega a Santa Fe para que pueda ver
          a Oskar por última vez. Cuando llegan a destino, el paciente ya está inconsciente.
          Esa misma noche regresan a Buenos Aires. Con ellos está el perro.
            Emma se dispone a cambiar nuevamente de domicilio, porque, en su opinión,
          Seppi no dispone en Vicente López de suficientes árboles. Igual que un Juan
          con suerte en femenino, vende su caro departamento, perdiendo otra vez mucho
          dinero, y se asienta a ochocientos kilómetros de Buenos Aires, en las sierras de
          Córdoba. En La Falda adquiere una pequeña casa sobre un terreno espacioso
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