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          finalmente en el tema principal; no podía ya oírse más" (Barta a Rukser, 1/8/1946).
          A ella misma la ocupa principalmente la cuestión de cómo le irá a la juventud
          alemana en el futuro. Sobre eso escribe para las Deutsche Blätter un ensayo
          que no se publica, por la única razón de que pronto las Deutsche Blätter dejan
          de aparecer por razones de costo (Rukser a Meurer, 26/9/1946).
            En el transcurso del trabajo conjunto para la revista, ya no le basta a Zech
          una relación de camaradería con Emma, alrededor de tres décadas más joven
          que él. De eso informa ella a Meurer: "Puedo por cierto decir que yo fui la última
          persona a la que su amigo ha amado en su vida. Que no pudiera llegarse a la
          forma de relación soñada por él, es culpa mía" (Barta a Meurer, 17/9/1946). Zech
          quiere más que amistad, pero es desoído por Emma, porque ella no está dis-
          puesta a eso, tal como lo expone al autor: "Yo había puesto límites a mis senti-
          mientos,  que  él  no  quería  reconocer,  pero  cuya  transgresión  era  para  mí
          imposible, porque uno no puede confundir amistad con amor" (Barta a Meurer
          2/12/1946). Su afecto y ayuda siguen vigentes para la creación literaria del hom-
          bre severamente enfermo, hasta su fallecimiento en setiembre de 1946. En vista
          de los funerales carentes de amor que se le dispensaran al muerto, dispone ella,
          semanas más tarde, una sepultura digna de la urna, examina el legado literario
          del escritor y se ocupa de que llegue a Alemania (Barta a Rukser 6/10/1946).
          Con el apoyo de Ernst Wiechert intenta ganar a la editorial Kurt Desch para
          publicar una edición de las obras de Zech, pero sin éxito. Para este trabajo
          sacrifica su tiempo libre, aunque lo tiene escaso, tal como continúa diciéndole
          a Meurer: "Lamentablemente tengo una copiosa ‘ocupación accesoria’, que
          consiste en un desgastante trabajo de oficina de diez horas diarias […] y tengo
          que velar por el hijo de mi primer matrimonio, que pronto cumplirá dieciséis e
          igualmente estudia lejos de aquí en una escuela agropecuaria" (id.).
            En febrero de 1947, Emma Barta se muda a Córdoba para dar clases allí
          como maestra en una escuela privada. De una carta a Udo Rukser se infiere lo
          que la ha movido a dar este paso: "Si bien vivo aquí en absoluta soledad, puesto
          que no conozco a persona alguna, […] espero haber hecho lo correcto. Buenos
          Aires es un lugar sumamente agotador y le consume a uno las mejores fuerzas"
          (Barta a Rukser, 25/3/1947). Pronto se pone en evidencia que se ha equivocado.
          Ya a mediados de año hace saber a Meurer: "Córdoba fue un fracaso" (Barta a
          Meurer 7/6/1947).
            En Córdoba vive en casa del Dr. Gerhard Elkeles, a quien en 1933 los nazis
          desplazaron de su cargo de director de la Secretaría de Bromatología en Berlín
          (Hygienisches Untersuchungsamt), y ocupa ahora aquí una posición similar.
          Emma sufre por el destino de Alemania y quiere "ir para allá", para participar en
          la reconstrucción. Pregunta a Meurer, si él podría ayudarla a hacerlo: "Soy aus-
          tríaca de nacimiento, pero intelectualmente jamás he reconocido una frontera
          entre ambos países […] Reconozco un ámbito de cultura alemana, al que per-
          tenezco con cada fibra de mi ser y de cuyo destino estoy cautiva" (id.). El rechazo
          que a fines de los años treinta experimentó en la patria, se repite ahora con signo
          contrario: "En lugar del regreso soñado, todas las manos se me han extendido
          con un gesto de rechazo, y solo yo misma sé que finalmente debe decidirse la
          cuestión para mí, porque de lo contrario sucumbiré bajo la fuerza acumulada a
          través de los años" (id.). También su hijo Oskar se resiste a sus planes. Ante
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