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LOS ALEMANES DE RUSIA (DEL VOLGA) EN ARGENTINA 175
a la alimentación (campos con sembradíos de distintos cereales, principalmente
trigo y cebada), actividades vinculadas al laboreo de la tierra y a la logística del
transporte y distribución. Las iglesias y los templos se multiplicaron y se moder-
nizaron llegando a tener estructuras importantes al punto de importar desde
Alemania los himnarios, misarios e importantes órganos musicales para el culto.
Todas las necesidades de la población fueron realizadas por intercambio o
comercialización entre las distintas aldeas. El crecimiento, incluidos los períodos
de crisis, hizo que la región del Volga fuera considerada, antes de la primera
guerra mundial, como "el granero de Rusia".
A lo largo de ese tiempo organizaron su vida, sus aldeas, aceptando la dis-
minución de tierras por el aumento de la densidad demográfica (lo hacía la
administración rusa, a través del método Mir, para subdividir periódicamente las
tierras, obligando a los hijos de los colonos a buscar nuevos lugares donde
establecer las colonias hijas). A pesar de la inseguridad sobre la tenencia y/o
propiedad de sus propias tierras y de la precariedad de la subdivisión, mantu-
vieron un curso de vida hacia la mejora de su productividad laboral y al reaseguro
de sus comunidades, a través de la educación, el trabajo y las fuertes creencias
religiosas. En estas condiciones absolutizaron los valores más importantes agru-
pándose a su alrededor: la lengua, la religión y la familia fueron los tres elemen-
tos que constituyeron las defensas para mantener inmutables e inalterables las
tradiciones y legar para las nuevas generaciones un idéntico modo de vida. Estos
tres valores constituyeron una gran muralla imaginaria: dentro de ella, la religión
que habían traído de Alemania, el sistema de endogamia sin formar familias con
la población rusa, y servirse de la propia lengua para todas sus actividades,
desde lo religioso hasta el más banal de los juegos. Murallas en las que nadie
podía entrar salvo la comunidad alemana, y de las que tampoco nadie podía
salir. Independientemente del grado de hostilidad real en el entorno, quienes
estaban dentro de esta muralla vivieron y se manejaron con estas ideas.
Con la llegada de los Zares Alejandro II y III (a partir de 1860) las políticas internas
del Imperio y las nuevas disposiciones administrativas influyeron en la vida cotidiana
de los alemanes de Rusia. La "revolución de los siervos" primero y la posterior vigen-
cia de los principios monárquicos de "un solo reino, una sola lengua, una sola
religión" , adoptados por el Zarismo, afectaron su forma de vida. Debían aprender
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la lengua rusa, cosa que hasta el momento no hacían, salvo por razones de negocios,
con la implicancia de abandonar su lengua traída de Alemania o por lo menos no
hablarla en público. Debían participar de los ritos de la religión ortodoxa rusa, dejando
de lado los fuertes principios religiosos con los que se habían movido hasta el pre-
sente. Sus derechos quedaron afectados por una nueva normativa: fue la obligación
de realizar el servicio militar, que hasta ese momento no había sido prevista y que
había sido una de las prerrogativas más importantes prometidas por Katherina La
Grande. Al modificarse estas condiciones de vida y trato, la comunidad de alemanes
étnicos replanteó su posición, creando ideas y deseos de una nueva migración, que
se plasmaron en los movimientos de personas hacia Estados Unidos, Canadá, Bra-
sil y Argentina, donde comienzan a llegar a partir de 1878.
2 A este proceso se lo denomina "rusificación".

