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84 HELGA HEINEKEN Y REGULA ROHLAND DE LANGBEHN
Turbio (1932) y a los Hielos Continentales (1933). Sus detalles se esbozan entre
los recuerdos de Reichert, en algún pasaje transcribe allí –según marca en
p. 523– textos de su compañera (1945: 516-523).
Los relatos de Reichert impresionan por la descripción de las aventuras y
penurias vividas, como ocasionalmente la sorpresiva erupción de un volcán y sus
consecuencias. Describe su primera excursión junto a ella, el 5 y 6 de enero 1929:
ocurrió que ese día de tan notable brillantez, el barómetro estaba regis-
trando un descenso pronunciado, que no encontraba fácil explicación.
A despecho de esa depresión a todas luces anormal, emprendimos la
marcha [hacen noche, hasta que los despertó un ruido extraño y des-
cubren] la aparición de un banco de nubes densas y negras, las con-
diciones atmosféricas se estaban modificando y el aire irrespirable. [Se
trataba de una erupción volcánica, por lo que] decidimos dar media
vuelta, embarcarnos en el bote y regresar a casa con máxima premura.
[...]. A medida que descendíamos de la montaña la tenue llovizna se
convirtió en una copiosa caída de cenizas que debían proceder del
volcán Calbuco, situado a aproximadamente 15 km de nuestra finca;
era el único de los numerosos volcanes que entraba en actividad perió-
dicamente. La creciente penumbra fue transformándose en verdaderas
tinieblas y cuando a las 9 de la mañana llegamos a la orilla del lago
donde permanecía el bote, la bahía de Cayutue había pasado del día
a la noche, y únicamente hacia el norte quedaba algún haz de rayos
luminosos. [...] Con máxima premura ocupamos la embarcación y
remamos con todas nuestra fuerzas en dirección a la cabaña que, a
pesar de ser las 9 hs. de la mañana, ya no se reconocía debido a la
oscuridad impenetrable (Reichert 1945: 479; trad. 1967).
Nos hallábamos envueltos como por alta tensión eléctrica: los fuegos
de San Telmo brotaban por todos los hilos de nuestra ropa. Ya llevá-
bamos una hora de viaje y sin embargo el bote no llegaba a tierra. Las
aguas del lago parecían ser de plomo, el aire denso y pegajoso, el
viaje se estaba haciendo fatídico. ¡De pronto una luz deslumbrante
como un rayo rasgó las sombras! Pero no se trataba de un relámpago
normal. Por encima de nuestras cabezas se alzó una bola de fuego
que casi al instante hizo explosión con un ruido espantoso seguido
por la desaparición del efecto luminoso. Aquello fue un relámpago
esférico, el primero y último que me haya sido dado ver en toda mi
vida. Tras el estallido –cuenta Reichert– se produjo un equilibrio eléc-
trico, se fueron apagando los fuegos de San Telmo y nuevamente nos
vimos envueltos en las tinieblas (ibid.: 480, trad. 1967).
En el intento de ver cómo había quedado el paisaje, dos semanas más tarde los
dos tercos caminantes subieron el cerro Puntiagudo, con la finalidad de echar una
mirada en derredor, para darnos cuenta de que la violencia máxima
de la erupción había afectado principalmente la zona oriental, ya que
todos los ventisqueros y la corona del alejado Tronador estaban

