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NUESTROS VECINOS "LOS NEGROS" 79
de la lactancia, siguen su desarrollo –por así decirlo– en el barro, sobre el piso
de tierra. Desde muy temprano, los hijos de los santiagueños ayudan a sus
padres. Un niño de cinco años ya monta cualquier caballo y ayuda a ponerle y
quitarle el arnés; montado, arrea los caballos y vacas del campo; abreva la
hacienda; sabe hachar, en una palabra, es un peón útil para el padre. También
las niñas aprenden todo esto desde muy jóvenes: montan a la par de los varones
y realizan todo tipo de tareas en las chacras. El santiagueño nunca permite que
niñas ni mujeres ejecuten labores de campo pesadas. Tampoco ve con buenos
ojos que el "gringo" lo consienta.
El rancho de nuestros vecinos estaba habitado por un número relativamente
reducido de personas. Los últimos en vivir allí fueron dos matrimonios con tres hijos,
aparte de los sobrinos, primos, tías u otros allegados que nunca faltaban. Pero en
muchas chacras circundantes vivían familias de abundante progenie, emparentadas
con ellos. Al principio me resultaba imposible reconstruir, aunque fuese somera-
mente, la genealogía de estas familias, y pasaron años antes de que pude entender
algunas de estas relaciones de parentesco. La causa por la que eran tan intrincadas
residía en que hacía décadas que todas ellas, oriundas del mismo pueblo de Santiago
del Estero, se casaban entre sí. En el pasado, poca gente en aquellos parajes aisla-
dos tenía la posibilidad de conocer un mundo más allá del horizonte de su pueblo y
no le quedaba más remedio que casarse con alguien de los alrededores. No hay
duda de que la endogamia continuada debió ir en desmedro de la raza y explicaría
el embotamiento a veces pasmoso de ciertos individuos, que se manifiesta en su
escasa inteligencia, en su total falta de interés por todo lo que trasciende su mundi-
llo, en su costumbre de pasar horas enteras sentados juntos, como aletargados, sin
cruzar palabra, etc. Dado que las leyes de matrimonio civil no juegan un papel
importante entre esta gente y las parejas prefieren unirse sin compromiso de por
vida, no hay restricciones a la reproducción de la familia dentro de parentescos
estrechos. No cabe deshonra alguna a las mujeres solteras con un hijo o varios. Se
habla de esto con total naturalidad, y se comenta sin malicia delante de todo el
mundo. Sólo a nosotros, europeos que hemos perdido la candidez, este comporta-
miento nos resulta sorprendente y aun "inmoral".
Daré algunos ejemplos de la familia de nuestros vecinos santiagueños más
cercanos y sus parientes. Al iniciar la relación con ellos, el rancho estaba habitado
por un joven santiagueño aparentemente soltero junto a su hermano y la mujer de
éste, un matrimonio por lo visto sin hijos, aunque casados "como corresponde".
Cuando les preguntábamos si tenían hijos, indefectiblemente contestaban que no
los tenían. Pasado cierto tiempo, la joven pareja regresó a Santiago y sólo después
de la muerte del hermano volvió a la colonia para hacerse cargo de la chacra, que
había quedado sin dueño. Traía consigo a dos niños, de 9 y 5 años, ambos con
un sorprendente parecido con la madre. Supimos luego que eran sus hijos, pero
no lo eran del hombre, al que no llamaban "padre" sino "tío".
Por mera casualidad, logramos saber más acerca de las relaciones de paren-
tesco. En una chacra al norte de nuestra vivienda vivía el tío de nuestros vecinos,
un hombre conocido por todos los habitantes de la colonia por su fabulosa nariz
aguileña. Este hombre tenía muchísimos hijos, entre ellos una muchacha de unos
diez años, de cabellos negros como el azabache. Un día, la niña se encontraba
en nuestro patio cuando lo atravesó un muchacho llevando un hacha. Se trataba

