Page 79 -
P. 79
NUESTROS VECINOS "LOS NEGROS" 77
cha. Sus comidas eran de sorprendente uniformidad: antes del amanecer, mate;
a las 8 de la mañana, café con pan; a las 12, puchero, es decir, carne hervida
con fideos o arroz, batatas y, si se podía, zapallo. A la noche, nuevamente
puchero o "asado" con mucho pan y, entre comidas, una y otra vez el "mate a
10
la bombilla" para engañar el estómago. Consumían muy pocos huevos y leche
11
y evidentemente no les apetecían. Si nuestros vecinos nos pedían prestado algún
alimento o dinero, lo devolvían sin demora en la medida exacta en que lo habían
recibido. Solían comprarnos víveres en cantidades sumamente reducidas, sis-
12
tema que a los comerciantes del pueblo nos desagradaba, pero era común
cuando el dinero escaseaba: azúcar por 10, yerba por 20, jabón por 5 centavos,
etc. Este menudeo me resultaba fastidioso ya que, por añadidura, debía realizarlo
con frecuencia en horarios inoportunos. Sin embargo, no podía dejar de atender
a él, ya que era compensado con otros servicios que ellos nos prestaban. Del
mismo modo, como íbamos al pueblo más seguido que nuestros vecinos y
disponíamos de un sulky, solíamos cumplir con algún encargo que ellos nos
daban. Nuestra relación, pues, no tardó en asentarse sobre la sencilla base del
"yo te ayudo y tú me ayudas".
De tanto en tanto, alguno de los hombres cabalgaba hasta el pueblo para
hacer compras. Siempre se lo veía bien vestido y pulcro, con el apero del caba-
llo en perfectas condiciones. El aseo y cuidado personal, aun en individuos
extremadamente pobres, es ejemplar. Guardan con esmero la "ropa de salir" en
un baúl de chapa, requisito indispensable de todo rancho santiagueño. Consiste
en un traje oscuro, un sombrero negro, medias y zapatos o alpargatas sanos,
una camisa limpia sin zurcidos y el característico pañuelo de cuello de seda
blanco o de colores. Por modestos y sobrios que sean los santiagueños, con-
sideran que poseer y cuidar esta ropa de salida es indispensable para ser res-
petados y tenidos por personas decentes.
Por lo demás, los enseres del hogar eran sumamente sencillos, como lo son
en los demás ranchos santiagueños. Daba envidia ver qué poco necesita una
persona para vivir.
Para la cocina, que no era más que el espacio que rodeaba el fogón abierto a
flor de tierra, bastaba una olla para el puchero, un cucharón, una pava y una parri-
lla para el asado y la torta, como llaman ellos un pan chato, dulce y grasoso. La
vajilla se reducía a unos platos esmaltados, vasos igualmente esmaltados y cucha-
ras de lata. En cuanto a los cuchillos, los hombres los extraían del cinto y cortaban
la carne para sí, las mujeres y los niños. Contaban con una palangana para el aseo
de toda la familia, pero solían lavar la ropa en el bebedero. El mobiliario consistía
en unas sillas bajas, que ellos mismos fabricaban, al igual que la mesa, que servía
para todas las tareas imposibles de realizar en el suelo, y un ropero armado a
partir de un cajón. Tanto la amasadera como la tina y el recipiente para apisonar
el maíz estaban hechos de troncos ahuecados. Cada miembro de la familia poseía
su catre, cubierto con espléndidas mantas y ponchos multicolores.
10 Es evidente que a la autora le llama la atención la costumbre de acompañar el mate y las
comidas con pan, lo que no es costumbre en Alemania (N.T.).
11 "Almacenero", "puchero", "asado", "mate a la bombilla", "torta", en español en el original (N.T.).
12 Suponemos que la autora tenía una despensa o expendio de algún tipo (N.T.).

