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74 CISSY VON SCHEELE-WILLICH
El extenso y monótono cántico se fue extinguiendo y fue seguido de un breve
silencio. Los cantores se enjugaron el sudor de los rostros acalorados y el primer
cantor tomó la guitarra y la dejó a los pies del catre recubierto. Algunos jóvenes
tomaron dos grandes damajuanas, llenaron vasos y copas y las hicieron circular.
El espíritu solemne que había despertado el canto fúnebre pareció diluirse en
un santiamén. Todos empezaron a conversar y reír por lo bajo; se levantaban,
estirándose, de sus incómodos asientos; salían a tomar aire; sacaban el cuchi-
llo del cinto y lo ensartaban con deleite en los trozos de carne que les ofrecía en
una fuente la solícita vecina.
Me retiré a un lugar oscuro. Me crispaba los nervios el modo en que estos
nativos pasaban sin reparo de la emotividad de su cántico fúnebre a un talante
profano. Probablemente, la muerte en cualquiera de sus formas no nos con-
mueve a nosotros de igual modo que a personas de mente más primitiva, que
la aceptan –al igual que a las enfermedades y golpes del destino– con curiosa
impasibilidad y resignación.
Mi pensamiento voló hacia el muerto y recordé que a pesar de no haber sido
"más que un negro", un analfabeto a quien la muerte sorprendió inesperada-
mente, había sido para nosotros un fiel vecino y, más aún, un amigo. Sabía que
sus familiares me habrían tomado a mal que no me hiciese presente en el velo-
rio, pero no logré integrar en mi interior la impresión profundamente emotiva del
comienzo con la trivialidad posterior. No había emprendido aun el regreso,
cuando vislumbré que el círculo de deudos volvía a reunirse en torno al cajón
del muerto. En el pequeño rancho chaqueño resonó una vez más en la noche
la voz del primer cantor con aquel ritmo extrañamente sincopado, y al punto la
voz del coro en honor al muerto.
Volví por donde había venido. Hacia el oeste, la luna creciente brillaba en el
cielo y desde el bosque vecino se escuchaba el lastimero gorjeo de un mochuelo.
Hacía tiempo que esta tierra silenciosa y solitaria era mi hogar. Pero en aquel
momento se me cruzó por la mente que deseaba morir en mi viejo suelo natal,
porque me encontraba en tierras extrañas, donde el alma anda errante y siem-
pre en la búsqueda sin lograr echar raíces.
Nuestros vecinos "los negros" 6
El refrán que dice: "ni las mejores personas pueden vivir en paz si el mal vecino
no lo quiere así" vale en todo el mundo y, por ende, en Sudamérica. No sólo
hace referencia al vecino que vive pegado a nuestra vivienda y es muy fácil que
perturbe nuestra paz, sino también al que vive a tal distancia que cuesta distin-
guir el techo de su casa, y se supondría que no hay motivo alguno para roces.
Pero es allí o acaso precisamente allí donde la armonía entre vecinos resulta
esencial para vivir en paz. Bien lo sabemos nosotros, habitantes del Chaco.
"Peleas con el vecino" es una frase que se oye refunfuñar frecuentemente a
más de un colono. Ni la raza ni la nacionalidad son determinantes en las rela-
6 Subtítulo: Un apunte del Chaco argentino, por Cissy von Scheele-Willich.

