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76 CISSY VON SCHEELE-WILLICH
pueblero casi siempre poseía unos caballos, una vaca, unas cuantas cabras y
ovejas, y algunos cultivaban maíz en pequeñas parcelas. En la temporada de
cosecha viajaban al sur, a las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, donde
trabajaban duramente para llevar al pago la mayor ganancia posible. El resto del
año lo dedicaban a descansar de las arduas tareas realizadas.
Al menos fue así como los santiagueños me describían la vida de los pue-
bleros en su provincia. Otra era la vida de los viejos "puesteros" y sus familias,
asentados en las solitarias pasturas de Santiago del Estero o del vecino Chaco
con sus animales –propios o entregados a su cuidado–, que a veces llevaban a
pastar de un campo a otro. Vivían una buena vida, aunque nómada y primitiva.
Hoy por hoy esta vida se les hace difícil, pues el avance de la agricultura en el
Chaco, con la legislación que la fomenta, los obliga a desplazarse cada vez más
hacia el norte o a volverse sedentarios, abandonar la actividad ganadera y dedi-
carse a la agricultura.
En los últimos cinco años, muchos santiagueños se trasladaron a la zona
agrícola del Chaco, transformándose en colonos. Algunos lo hacían para esca-
par de la miseria, y entre los jóvenes hubo muchos que, en su afán por aumen-
tar sus ingresos, prefirieron dedicarse a tareas agrícolas, imitando a los "gringos".
También hubo quienes se contagiaron del ansia de emigrar, que se propagó por
diversos poblados de Santiago del Estero. Aunque muchos no puedan resistir
la vieja costumbre de holgazanear y por tanto no progresan, no son pocos los
santiagueños que trabajan con firmeza, esforzándose al máximo. Debemos cui-
darnos de medir a todos con la misma vara cuando se trata del empeño que
ponen en las tareas, y de su capacidad de trabajo y ahorro. Su constitución y la
alimentación deficiente no les permiten trabajar al mismo ritmo que nosotros,
habitantes del norte de Europa. No creo que sus movimientos lentos y medidos
se deban a su tendencia a la pereza, como suele pensarse en un primer
momento, sino al clima y al modo de vida que han llevado durante generaciones.
Asimismo, cierto embotamiento y una mente rudimentaria muy marcada que los
caracteriza seguramente sean producto de la endogamia, a la que haremos
referencia más adelante. Por otra parte, a pesar de su sorprendente frugalidad,
los santiagueños carecen de capacidad de ahorro y cualquier suma que supere
los 10 a 20 pesos los marea: les es ajeno el concepto de dinero en cantidades
superiores. Muchos no pueden siquiera sumar montos más elevados, en parti-
cular los trabajadores agrícolas analfabetos, que prefieren comprar sus provi-
siones en raciones muy pequeñas, que no superen los 10 a 20 centavos para
poder sumarlas mentalmente.
Después de estas consideraciones generales me referiré en particular a nues-
tros vecinos santiagueños. La numerosa familia había emigrado en tandas del
mismo "pueblo" de la provincia de Santiago del Estero casi al mismo tiempo en
que nosotros nos establecimos en la colonia del Chaco, y vivía dispersa en
diversas chacras en terrenos fiscales. Todas las ramas de esta familia eran muy
pobres. En los primeros años de su nueva vida, no poseían más que unos pocos
centavos y estaban satisfechos con ganar pequeñas sumas enterrando postes,
desmalezando el terreno o en tareas parecidas. Sus medios de subsistencia,
sumamente modestos, los obtenían al fiado del almacenero, al que seguían
llamando "patrón" y en cuyas manos solía quedar todo el producto de la cose-

