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          de un santiagueño recién llegado, que andaba en busca de trabajo y al que
          habíamos encargado clavar unos postes. Al intercambiar unas palabras con él,
          nos había parecido que lo conocíamos de antes, pero no lográbamos recordar
          de dónde. La muchacha lo vio, se me arrimó y me dijo en voz baja: "¡Dicen que
          es mi hermano!" Sorprendida, le pregunté: "¿Y no lo conocés?" "¡No, a casa no
          viene!" "¿Quién dice que es tu hermano?", volví a preguntar sin entender nada.
          Ella calló y se encogió de hombros. Tiempo más tarde pude enterarme de qué
          se trataba. El muchacho era efectivamente hijo del narigón, y la naturaleza había
          impreso en su cara la prueba inconfundible de su origen. Al comienzo, no pisaba
          el patio de su padre. Junto con su madre y varios hermanos de otro/s padre/s
          inició su propia chacra. Pero sucedió que otro hijo del narigón formó pareja con
          una hermana del joven mencionado, lo que hizo que se restablecieran las rela-
          ciones entre las familias. Hubo otros casos de curiosos parentescos entre san-
          tiagueños. No los mencionaré, porque ocuparían demasiado espacio en el
          almanaque , además de tratarse de temas delicados.
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            Por la falta de cultura de estos habitantes de provincia, se hallan desampa-
          rados como niños frente a las enfermedades y los accidentes. Aun pueden
          encontrarse, de tanto en tanto, ancianas y ancianos sabios que conocen de
          hierbas medicinales, y otros que curan con embustes. Higiene y asepsia son
          términos desconocidos entre ellos y, aunque son de naturaleza más bien ende-
          ble, es evidente que logran generar una enorme cantidad de antídotos contra la
          mugre. En muchos casos, las supersticiones exacerban los miedos y las penu-
          rias. Enfrentan la muerte con una extraña mezcla de resignación y embotamiento.
          Creen firmemente que de nada sirve rebelarse ni luchar contra la muerte; si el
          destino ha decidido a favor de ella habrá que morir. En parte debido a esta
          abulia y en parte por miedo al médico (o a lo que pueda cobrarles) es frecuente
          que algún miembro de una familia santiagueña muera habiendo podido salvarse.
          Al fin y al cabo, no es de sorprender que teniendo tan pocas satisfacciones en
          la vida -poco más que comer, beber y dormir- y esperando tan poco de ella, no
          estén muy apegados a la existencia.
            Nunca los vi joviales ni dando rienda suelta a la alegría. Tanto las fiestas
          grandes como las pequeñas son extremadamente aburridas. Solo el alcohol
          logra despertar en ellos un alborozo que es más bien desenfreno y no es raro
          que termine en trifulcas y cuchilladas.
            No podemos cerrar el capítulo sobre los santiagueños sin destacar el acen-
          tuado sentido de pertenencia a la familia que los caracteriza. Se expresa no sólo
          en las frecuentes visitas que van y vienen, sino en el apoyo que se prestan en
          caso de necesidad. Si uno de ellos enferma, por más que se trate de un pariente
          lejano o un amigo, sacrifican hasta el último centavo por él, lo acogen en su
          hogar y lo cuidan lo mejor que pueden, considerando sus escasos conocimien-
          tos. Si está en la miseria, compartirán sus alimentos por tiempo ilimitado. Tam-
          bién los huérfanos son tratados como hijos propios. Nunca oí que alguno de
          nuestros vecinos deslizara el menor chisme, ni comentara un incidente en rela-


          13   Se refiere a la publicación periódica que publicó este trabajo, el Zeitschrift des Deutschen
          Volksbunds.
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