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            En todo el país son conocidos los ponchos santiagueños tejidos en telar. No
          usan ropa de cama; sólo aprecian las almohadas revestidas con fundas blancas.
            Siempre que llegábamos a un rancho por algún motivo, encontrábamos el
          interior y el patio bien barridos. Apenas los dueños veían aparecer visitas, les iban
          al encuentro y les daban la mano con el estereotipado saludo: "Buenos días, ¿cómo
          le va?" (Es típica en ellos la forma floja de dar la mano). En seguida les ofrecían un
          asiento, pues la gente de aquí considera de muy mala educación tratar lo que sea,
          estando de pie. Debían tenernos por personas muy desatentas, pues si llegaban
          en horario inoportuno no les ofrecíamos sentarse, esperando que se fueran pronto.
            Si una persona llega al rancho de un santiagueño cuando está comiendo,
          debe compartir la comida. Esta hospitalidad, que es costumbre en aquellos
          pagos, se ofrece amablemente como algo natural y no debe rechazarse sin
          motivo. Si esto nos llevaba a evitar las comidas, lo más seguro era que los
          encontrásemos a la hora del mate. Como supimos luego, el rechazo del mate
          por parte de un paisano es visto como una ofensa, pero el extranjero parece
          tener derecho a dar las gracias con la excusa de que todavía no se ha acostum-
          brado a esta bebida o no la tolera bien, lo que el santiagueño acepta con una
          sonrisa indulgente y compasiva.
            Me parece que entre los santiagueños está particularmente arraigada la cos-
          tumbre –difícil de entender para nosotros, alemanes– de que todo pedido o
          preocupación que los trae debe ir precedido de largas peroratas acerca del
          tiempo o cualquier otro tema, en lugar de ir directamente al grano. Nuestros
          vecinos no eran una excepción en este sentido. Aquí en el Chaco nuestra pacien-
          cia es puesta a prueba de manera particular, pues nadie tiene motivo alguno
          para andar con prisa. Solían exasperarnos los visitantes, que se explayaban casi
          una hora en discursos antes de revelar qué los traía. Finalmente decidimos que,
          en este punto, no haríamos más concesiones en aras de la paz vecinal, al menos
          con nuestros vecinos más próximos. Introdujimos la bárbara costumbre alemana
          de saludar amablemente y en seguida preguntar en forma terminante: "¿Desea
          algo?" o "¿Qué necesita?", implicando "¡Vamos al grano!" El que no estaba acos-
          tumbrado a estos modales o falta de modales gringos, solía responder "¡Nada!",
          para terminar diciendo lo que lo traía después de largos preámbulos. Un método
          aleccionador y útil para abreviar este interminable proceso, fue el de aplicarnos
          con empeño a nuestras tareas inmediatamente después del saludo.
            Debo mencionar un rasgo entrañable de los santiagueños y es que, con toda
          naturalidad y sin preguntar, ponen manos a la obra para ayudar en la tarea que
          uno está realizando en el momento. Colaboran en poner o quitar el apero a los
          caballos en el corral; nos quitan el hacha de la mano y siguen hachando leña;
          toman el balde para sacar agua del pozo, etc. Aun el hijo de nuestro vecino, un
          gracioso niño de siete años, se portaba en este sentido como un caballero. Por
          un lado, nos sorprendía ver lo malcriados que son los niños y, por otro, el com-
          portamiento ejemplar que manifiestan en ciertas situaciones. Llama la atención
          su aplomo y ausencia de timidez innata cuando les toca cumplir con determi-
          nados encargos o responder preguntas.
            Por lo general, las familias santiagueñas tienen muchos hijos. Llevan a sus
          bebés constantemente consigo y, ya sea de día o de noche, la infatigable madre
          les da el pecho apenas comienzan a berrear. Una vez que han dejado la edad
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