Page 75 -
P. 75
VELORIO 73
De improviso, una profunda y sonora voz masculina colmó la silenciosa vas-
tedad del entorno. Sonó un instante en soledad, de inmediato se le unieron otras
voces y surgió un vibrante canto coral de extrañas cadencias. Por momentos,
las voces masculinas sonaban ásperas y potentes pero siempre profundamente
armoniosas; en medio de ellas, las escasas voces femeninas no eran más que
plañidos metálicos y sin lustre. Una y otra vez callaba el coro para dar lugar a la
maravillosa voz del primer cantor y unirse luego nuevamente a él al ritmo exacto
y con toda su potencia.
La monotonía y tristeza opresiva del canto iban calando en mi ánimo a medida
que me acercaba al rancho, que me era tan familiar. Me acerqué a la entrada y
contemplé, conmovida, la desacostumbrada escena. Innumerables velas, colo-
cadas en el centro de la choza, alumbraban cálidamente la humilde habitación,
cuya lobreguez parecía transfigurada por la luz que ascendía hasta los bastos
travesaños del techo y descendía por las paredes grises ahumadas, revestidas
aquí y allá por ilustraciones en colores recortadas de algún periódico o un alma-
naque ilustrado de mal gusto. Siguiendo su recorrido, la luz se posaba sobre
incontables figuras humanas acuclilladas sobre cajones o sillitas para regresar
luego a su punto de origen: la corona de velas en el centro de la habitación.
En este lugar se hallaba un catre cubierto de mantas coloridas y por los
contornos se adivinaba que debajo reposaba el cuerpo inerte del muerto.
En soledad, como había vivido entre ellos, yacía ahora en medio de sus
paisanos, que se habían acercado a rendirle el último tributo. Yo conocía a casi
todos de vista. Seguramente habrían pasado por su rancho de tanto en tanto,
siguiendo la costumbre, pero siempre tuve la impresión de que algo los distan-
ciaba de él. Esta gente no es chismosa; cuanto más, puede sospecharse que
no están en buenos términos con una persona cuando desvían la conversación
sobre ésta con un tono algo frío y desdeñoso.
Aquella noche no faltó ninguno. Los santiagueños no sopesan la convenien-
cia de sus acciones en base a preferencias personales, cuando la costumbre
prescribe lo que ha de hacerse, de modo que se enfundaron en su mejor saco
negro, se ataron el corbatín blanco y recogieron de sus casas las velas de que
disponían o estaban dispuestos a llevar. Los vecinos, parientes lejanos del
muerto, hacían las veces de anfitriones. La vecina, una mujer de gran porte,
provista de espléndidas trenzas negras que llevaba sueltas sobre la espalda, se
encontraba delante del rancho, atareada con un fogón y una olla. Su marido, de
nariz aguileña y un tanto bizco, se mantenía de pie en el umbral, observando el
movimiento a su alrededor. Contra las paredes se alineaban todo tipo de cajones,
sillas, taburetes y el gran baúl de lata que, hasta donde me alcanza la memoria,
guardaba todas las pertenencias del difunto. Encima, se hallaban sentados los
huéspedes: hombres de rostros morenos y grandes ojos negros de mirada
ardiente, cabello negro abundante, rasgos poco enérgicos y complexión de
apariencia endeble. Casi todas las mujeres y niñas también eran de tez morena.
Sus ojos negros eran hermosos pero marcadamente inexpresivos y sus cuerpos,
tirando a rollizos. Hasta la cintura vestían ropas ajustadas de algodón estampado
de corte anticuado. Las faldas, en cambio, ondeaban desde la cintura hacia
abajo en amplios pliegues. Sus cabellos estaban entretejidos con vistosos
pañuelos de seda de colores.

