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          del colono lo llevará indefectiblemente a la pasiva indolencia tan marcada entre
          los habitantes naturales del país, que paraliza el brazo que debe sostener el
          arma en la lucha por progresar.


          La noche sagrada de los difuntos  4

          Cae la noche sobre el pueblo, que se tiende sobriamente a ambos lados del
          ferrocarril. La mayor parte de las casas y los ranchos está cerrada y la luz de las
          fondas parece guiñar en vano en dirección a la oscuridad tratando de captar a
          algún parroquiano, aunque casi ninguno se hace ver. Por momentos, las escasas
          lámparas de arco iluminan una que otra forma humana que se escurre como
          una sombra por la calle silenciosa y desierta. Aquí y allá resuena el apagado
          ruido de cascos que se hunden en la arena y el traqueteo de un automóvil al
          aproximarse y alejarse. Todo movimiento parece dirigido misteriosamente hacia
          un lugar donde la vía férrea se pierde en la soledad de la noche.
            Hacia allí se dirigen las personas, ya solas, de a dos o en grupos, casi todas
          en silencio, como respondiendo a un mandato tácito. De tanto en tanto, pasan
          automóviles por la atestada calle, levantando asfixiantes nubes de polvo que
          envuelven a jinetes, carros y carretas por igual, hasta ocultarlos por completo.
          Todo se ilumina un instante y encandila a los caminantes. Luego, la oscuridad
          vuelve a cernirse como una bóveda sobre el conjunto. El polvo da una tonalidad
          gris al camino y a su costado se perfilan las negras siluetas de los árboles y
          arbustos, pero en el cielo titila la luz mortecina de miles de estrellas.
            Luego, de improviso, en una curva del camino donde la mirada se pierde en
          la vastedad del campo, encontramos, tendido frente a la negra y silenciosa selva
          virgen, un jardín de luces: el jardín de la muerte, donde esta noche los vivos han
          encendido un mar de velas para dar testimonio de amor y fidelidad a sus muertos.
            Cada vez más cerca oímos el murmullo de voces, el canto, el relincho de
          caballos, hasta que frente a la entrada al cementerio refrenamos el paso.
            ¡Qué extraña, qué ajena -más aun, qué conmovedora- resulta la escena, para
          el que la presencia por primera vez! Desde el ángulo en que me hallo en el
          cementerio, las sombras humanas no dejan ver el resplandor de las velas. Junto
          al vallado se alinean los caballos, algunos ensillados, otros sin apero. A ambos
          lados del camino y más allá del terraplén del ferrocarril se apiñan jardineras,
          carros y sulkys. Han sujetado los animales de tiro de costado; casi no hay coche
          debajo del cual o junto al cual no crepite un fogón y se acurruquen figuras oscu-
          ras calentando la pava para el mate. Para ampararse, algunos armaron una
          especie de carpas muy rudimentarias con un par de estacas clavadas en la
          tierra y unas bolsas y trapos tendidos entre estas y el carromato. Algo apartados
          del cementerio se instalan varios puestos de comida. En su interior, a la luz
          trémula de los faroles, pueden verse hombres y mujeres sentados sobre bancos
          y cajones, reconfortándose con un asado a la parrilla, un vino o una cerveza. En


          4    Texto base: "Die heilige Nacht der Toten", Bundeskalender 1928: 148. Subtítulo: Un apunte
          del Chaco argentino por Cissy von Scheele-Willich.
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