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70 CISSY VON SCHEELE-WILLICH
del colono lo llevará indefectiblemente a la pasiva indolencia tan marcada entre
los habitantes naturales del país, que paraliza el brazo que debe sostener el
arma en la lucha por progresar.
La noche sagrada de los difuntos 4
Cae la noche sobre el pueblo, que se tiende sobriamente a ambos lados del
ferrocarril. La mayor parte de las casas y los ranchos está cerrada y la luz de las
fondas parece guiñar en vano en dirección a la oscuridad tratando de captar a
algún parroquiano, aunque casi ninguno se hace ver. Por momentos, las escasas
lámparas de arco iluminan una que otra forma humana que se escurre como
una sombra por la calle silenciosa y desierta. Aquí y allá resuena el apagado
ruido de cascos que se hunden en la arena y el traqueteo de un automóvil al
aproximarse y alejarse. Todo movimiento parece dirigido misteriosamente hacia
un lugar donde la vía férrea se pierde en la soledad de la noche.
Hacia allí se dirigen las personas, ya solas, de a dos o en grupos, casi todas
en silencio, como respondiendo a un mandato tácito. De tanto en tanto, pasan
automóviles por la atestada calle, levantando asfixiantes nubes de polvo que
envuelven a jinetes, carros y carretas por igual, hasta ocultarlos por completo.
Todo se ilumina un instante y encandila a los caminantes. Luego, la oscuridad
vuelve a cernirse como una bóveda sobre el conjunto. El polvo da una tonalidad
gris al camino y a su costado se perfilan las negras siluetas de los árboles y
arbustos, pero en el cielo titila la luz mortecina de miles de estrellas.
Luego, de improviso, en una curva del camino donde la mirada se pierde en
la vastedad del campo, encontramos, tendido frente a la negra y silenciosa selva
virgen, un jardín de luces: el jardín de la muerte, donde esta noche los vivos han
encendido un mar de velas para dar testimonio de amor y fidelidad a sus muertos.
Cada vez más cerca oímos el murmullo de voces, el canto, el relincho de
caballos, hasta que frente a la entrada al cementerio refrenamos el paso.
¡Qué extraña, qué ajena -más aun, qué conmovedora- resulta la escena, para
el que la presencia por primera vez! Desde el ángulo en que me hallo en el
cementerio, las sombras humanas no dejan ver el resplandor de las velas. Junto
al vallado se alinean los caballos, algunos ensillados, otros sin apero. A ambos
lados del camino y más allá del terraplén del ferrocarril se apiñan jardineras,
carros y sulkys. Han sujetado los animales de tiro de costado; casi no hay coche
debajo del cual o junto al cual no crepite un fogón y se acurruquen figuras oscu-
ras calentando la pava para el mate. Para ampararse, algunos armaron una
especie de carpas muy rudimentarias con un par de estacas clavadas en la
tierra y unas bolsas y trapos tendidos entre estas y el carromato. Algo apartados
del cementerio se instalan varios puestos de comida. En su interior, a la luz
trémula de los faroles, pueden verse hombres y mujeres sentados sobre bancos
y cajones, reconfortándose con un asado a la parrilla, un vino o una cerveza. En
4 Texto base: "Die heilige Nacht der Toten", Bundeskalender 1928: 148. Subtítulo: Un apunte
del Chaco argentino por Cissy von Scheele-Willich.

