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          trajeron consigo; al lado de las tumbas duermen niños de pecho envueltos en
          mantas. Todo está revuelto, todo es informal, nadie estorba ni critica a nadie.
          Reina un aire apacible; todo respira bienestar.
            Un ancho camino de reciente trazado nos lleva en línea recta desde la entrada
          al centro del cementerio. Jóvenes y viejos pasean despreocupados por el lugar.
          A la izquierda se desenvuelve la vida junto a las tumbas: es la parte vieja del
          cementerio. Las tumbas, en parte muy antiguas, se alinean en largas filas orde-
          nadas, interrumpidas en ocasiones por árboles añosos que han quedado ahí,
          solitarios entre las tumbas, mirando con nostalgia hacia el bosque cercano. A
          la derecha del camino se tiende la tierra chaqueña intacta, a la espera de todos
          los que algún día reposarán allí. Si avanzamos por el camino central, el trajín se
          va calmando y el resplandor de las velas se vuelve más tenue. A la derecha de
          este trecho final solo se extiende una larga fila de tumbas –túmulos recientes,
          aun sin lápidas ni cruces–: la última morada de las víctimas de la terrible epide-
          mia de gripe del invierno pasado. Vemos sombras negras sentadas en silencio
          y soledad, y en sus cantos tiembla una tristeza que habla de la herida aun abierta
          causada por la dolorosa despedida. Con unción aun mayor, profundamente
          conmovidos, contemplamos esta hilera de tumbas. Son las víctimas del Chaco,
          tierra dura e implacable que con su fatídica mano derribó tantas vidas, y sin
          embargo deviene la patria de los que no pueden menos que amarla por su
          infinita vastedad y su fuerza férrea e indomable.
            Detrás de esta última hilera de tumbas se extiende el Chaco en el silencio de
          la noche. Bajo retazos de nubes tenues como velos se oculta una pálida luna,
          que no estorba el resplandor de las velas. Los imponentes árboles de la selva
          virgen contemplan con aire grave y majestuoso el jardín de luces y la abigarrada
          multitud; contemplan el quehacer diario y el sufrimiento humano. Pero a lo lejos,
          en campo abierto, como un reflejo del iluminado cementerio, arde la estepa. En
          la sagrada noche de difuntos, la madre tierra enciende sus propias antorchas
          para que ardan en memoria de sus hijos muertos.



          Velorio 5

          La noche de verano yacía extendida como en sueños sobre la vasta extensión
          del Chaco. Cada tanto una leve brisa se deslizaba desde lo alto de la copa de
          los añosos y soñolientos árboles de la selva virgen, meciendo en un susurro los
          maduros campos de maíz y acariciando las plantas de algodón, en hilera y listas
          para su recolección. Una delgada luna arrojaba su luz mortecina sobre campos
          y bosques, caminos arenosos y solitarios caseríos.
            En medio de la llanura aparecía el rancho mísero, como encogido, del san-
          tiagueño. Desde lejos el sonido de cascos y el relincho de caballos, el cuchicheo
          y murmullo de voces en torno a la vivienda hacían sospechar que se estaba
          desarrollando una actividad nocturna fuera de lo habitual.


          5    Texto base: "Velorio", Bundeskalender 1927 (1926): 123-124. Título en español en el origi-
          nal. Sigue (en alemán): Un apunte del Chaco argentino por Cissy von Scheele-Willich.
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