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SOBRE LAS DOTES NECESARIAS PARA SER UN BUEN COLONO 69
Alemania, a la que se van acostumbrando sus habitantes. Otro aspecto de su
dependencia interior es la falta de firmeza o abulia, que con frecuencia sigue al
desamparo del comienzo, que no tiene que ver tanto con una moral laxa como
con una actitud frente a la vida y los hábitos cotidianos. Es sabido que el que se
viene abajo en lo exterior, no demora en desmoronarse interiormente, y las tris-
tes experiencias hechas por más de uno nos enseñan que, para vivir la vida
solitaria del colono, una persona que ha estado acostumbrada a vivir en aglo-
meraciones requiere, además de autonomía, una buena provisión de dominio
sobre sí misma, de autodisciplina, en su nueva ocupación. El hecho de ser una
persona instruida no constituye, en modo alguno, mayor garantía en este sentido.
Cuando se evalúan las dotes favorables para desempeñar el oficio de colono,
debe abordarse otra cuestión que también tiene que ver con aspectos internos
del ser humano, esto es, si está en condiciones de adaptarse a las nuevas con-
diciones de vida. Hay muchos colonos que se resisten tenazmente a hacer
borrón y cuenta nueva en relación al pasado. Se quejan sin cesar y enumeran
lo que en otros tiempos poseyeron en cuanto a fortuna, bienes, honores, amo-
res y demás. Así, ciegos y sordos a todo lo que la nueva vida les ofrece en
compensación, agravan aun más su existencia de colonos de por sí dura y llena
de carencias. Asimismo, remozando pasadas grandezas, creen ganar en pres-
tigio frente a sus compatriotas. Hoy por hoy sigue siendo común encontrar
colonos que se rehúsan a renunciar a su estilo de vida acostumbrado y, para
mantenerlo, dilapidan su dinero y tiempo muy por encima de sus posibilidades.
En lugar de invertir los medios con sensatez para que el trabajo les reditúe al
máximo en el menor tiempo posible, gastan por demás para mantener sus
hábitos y comodidades cotidianas. De tal modo, sin ser conscientes de ello,
traban su posibilidad de progreso.
Para lograr adaptarse a las diferencias en las condiciones de vida, también
considero necesario revisar el modo de ver y valorar las tareas manuales, que la
mayoría de los inmigrantes alemanes intelectuales considera como algo inferior,
desdeñable, por debajo de su rango social. El que no corta por lo sano con esta
mentalidad antes de establecerse como colono; el que piensa que debe tener
mano de obra contratada para no arruinarse las uñas, es el menos dotado de
todos para ser colono. El trabajo manual nunca es deshonra ni aquí ni allá; el
colono debe poder y, ante todo, querer encarar las tareas sin mezquinar esfuerzos.
Llego así a la última, no por ello menor, exigencia interna al hablar de las
aptitudes necesarias para ser un buen colono. Me refiero a la de poseer una
firme y denodada voluntad de trabajo y una actitud perseverante en todo sentido.
Dondequiera que se establezca el colono y comoquiera que se inicie en este
oficio, sea con muchos o escasos medios, siempre requerirá –a la par de la libre
iniciativa de la que dispone– una energía férrea, posiblemente más de la que
requiere la mayoría de las demás ocupaciones. En este país, caracterizado por
poderosas fuerzas naturales y relaciones comerciales inestables, nunca faltarán
los reveses, y no siempre le resultará fácil al colono mantenerse firme en la bre-
cha y aceptarlos con naturalidad. El clima termina por poner a prueba constan-
temente su fuerza de voluntad y podrá, según sean sus aptitudes, ser un eximio
agricultor, un excelente planificador y administrador o saber calcular hábilmente
la conveniencia de sus decisiones; pero, sin una voluntad inquebrantable, la vida

