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          arada profunda. Desde principios de septiembre miramos con ansiedad al cielo
          y elevamos plegarias a San Pedro para que, después de la sequía casi siempre
          total de los meses de invierno, nos mande sin demora copiosas lluvias que nos
          ayuden a lograr una siembra lo más temprana posible. Si sembramos sin hacer
          caso de las precipitaciones, tendremos escasas perspectivas de éxito. El límite
          puesto al período de siembra es de mediados de noviembre, lo que da a San
          Pedro un buen margen de tiempo para recapacitar. El destino de casi todos los
          principiantes es sembrar algodón sin ayuda de una sembradora, lo cual, más
          allá de la lentitud que implica, resulta sumamente penoso y físicamente agotador.
          Debe hacerse con la mano y con el pie, que va echando una leve capa de tierra
          por encima de cada semilla. De ahí que una meta importante para todo colono
          sea la de adquirir una sembradora que le garantice que en corto tiempo pueda
          sembrar la mayor cantidad posible en la tierra aun húmeda por las primeras
          lluvias -a las que a menudo demoran en seguir otras- y cubrir las semillas de
          forma pareja y correcta.
            Una vez que quedó atrás la inquietante pregunta acerca de si germinará la
          semilla de algodón y las plantitas verdes se yerguen lozanas en sus hileras, hay
          que empezar a preocuparse por su futura evolución. A esta altura del año las
          heladas aun pueden destruir muchos cultivos y también las langostas suelen
          volver a visitarnos durante estos meses. Si finalmente los destinatarios de nues-
          tros desvelos superaron con éxito estos dos peligros, el cielo seguirá teniendo
          la última palabra en relación a las lluvias, pues una sequía pronunciada o lluvias
          excesivas impedirán que medren en este estadio de su evolución.
            El algodón no nos concede un buen descanso después de la siembra, ya
          que nuestra inacción mermaría el desarrollo de los algodoneros. A medida que
          va creciendo la planta, prolifera la maleza y el colono marcha con la azada a
          enfrentar a este nuevo enemigo. Apenas tiene los medios suficientes para adqui-
          rir una carpidora práctica y moderna, el esfuerzo de escardar la tierra se reduce
          en dos tercios. Sin esta, es imposible que un colono solo escarde un terreno de
          ciertas dimensiones; necesitará de muchas manos que le ayuden. Sin embargo,
          nunca puede prescindirse totalmente de la azada, pues la maleza dentro de la
          hilera de algodón debe extraerse con habilidad. Es cierto que si la siembra es
          mecánica también deben ralearse las plantas que interfieren unas con otras para
          restituir la distancia de aprox. 60 cm entre una y otra, pero mucho más agotador
          es este raleo o "aclareo" del algodón en los terrenos de sembrado manual, donde
          deben eliminarse cuidadosamente con la mano varias plantitas que crecen jun-
          tas para dejar en pie la planta destinada a prosperar. Debe uno haber sentido
          arder hora tras hora sobre la espalda encorvada el sol chaqueño, que ya en
          noviembre es implacable, para saber cuánto esfuerzo y energía física le requiere
          a los alemanes, acostumbrados al clima nórdico, la tarea de escardar y ralear el
          terreno.
            Durante los meses de crecimiento de las plantas, la azada no descansa
          nunca y cada lluvia requiere remover nuevamente la tierra, ya sea a máquina o
          a mano. Por añadidura, apenas comienza a desarrollarse la planta de algodón
          se suma el temor a que la invadan las orugas. A veces se discute cuál es el
          enemigo más peligroso del algodón, si la langosta o la oruga. Ciertamente al
          colono no le queda más remedio que combatir la oruga, aunque le resulte muy
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