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LA NOCHE SAGRADA DE LOS DIFUNTOS 71
el camino, entre los carruajes, delante de las carpas y junto a la entrada al
cementerio se mueve una hormigueante multitud, deambulando ociosamente,
buscando algo o a alguien o contemplando el entorno con mirada embobada.
Ríe, conversa, discute o pasea en silencio. Y cuando los faros deslumbrantes
de alguno de los pequeños automóviles Ford que pasan como una ráfaga caen
sobre esta animada escena, puede un extraño preguntarse si se trata de una
quermés o una festividad en honor a los difuntos.
Sin embargo, en el jardín de los muertos quedamos subyugados por el par-
ticular hechizo de esta antigua costumbre popular de pasar la noche entre la
festividad de Todos los santos y el Día de difuntos junto a las tumbas de los
muertos. Ya sea a los pies de una humilde cruz de madera sin epígrafe, sobre
una sencilla lápida o delante de un monumento de piedra con ciertas pretensio-
nes, cada tumba está adornada con velas, y su fulgor centuplicado envuelve el
espacio circundante en una maravillosa, ondeante luz rojiza. En el mar de luces
relumbran los colores: el amarillo rabioso de un vestido de mujer; el blanco de
muchos pañuelos de cabeza; la indescriptible policromía de los adornos de
papel, las coronas y ramos de flores sobre las tumbas; los ponchos de los hom-
bres y pañoletas de las mujeres, improvisados abrigos contra el viento. Pero con
mayor intensidad aun que el esplendor del colorido se destaca, en medio de
este juego de luces del cementerio, el negro austero que enluta la escena. Gru-
pos enteros de mujeres van vestidas de negro de pies a cabeza; los pañuelos
negros ciñen sus rostros morenos y apenas dejan ver sus grandes ojos oscuros.
También los trajes de los hombres son casi todos negros.
El aire nocturno está lleno de un peculiar vocerío. El murmullo de las plegarias
se confunde con el parloteo, las risas y los llantos infantiles. Entremedio crepitan
las velas y uno que otro fogón entre las tumbas y chacolotean los utensilios de
lata de los grupos que acampan en el lugar. Por encima de todo flota una extraña
salmodia, que resuena, ora cerca, ora más alejada de las tumbas. Las voces
femeninas son estridentes, alternando en el responso las masculinas suenan
calmas, plenas y dulces. Es curioso observar los grupos, que se alinean como
cuadros vivos uno junto a otro. Veo ancianos de cara y manos atezadas surca-
das de arrugas, la cabeza descubierta, sosteniendo una vela en la mano, con
la que iluminan un texto sobre un trozo de papel. Otros arriman la cabeza para
leer con ellos. Vemos mujeres gordas envueltas en ropajes negros acunando a
sus criaturas, mientras cantan con los ojos fijos en las velas de una tumba. Hay
niñas de piel muy blanca y vestidos de moda vaporosos y coloridos; y mucha-
chas de pueblo con vestidos plisados de algodón estampado de corte anticuado
y pañuelos blancos fuertemente anudados a la cabeza, acompañando el cántico
de los demás con un canturreo mecánico y despreocupado. Un hombre joven,
solitario, apoya el brazo con gesto cansado sobre una cruz de madera y con la
cabeza gacha murmura sus plegarias. Hay mujeres sentadas en sillas traídas
para la ocasión, cocinando sobre un fogón con la mirada ausente, como absor-
tas. Un cuerpo esbelto de mujer se agacha y con la mano blanca acomoda la
hilera de velas. Sin tomar en cuenta el lugar y la hora retozan niños, saltando por
encima de las tumbas sin que nadie los reprenda. Aquí y allá se forman ruedas
animadas, circula el mate y aun más la damajuana de vino; los participantes ríen
y cuentan cuentos. Sobre las lápidas hay quienes extendieron los alimentos que

