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           algo que luego se desearía mandar al diablo debido a su escasa fun-
           cionalidad. El único consuelo que queda es que a todos les ocurre lo
           mismo. En cuanto a mí, no he conocido a nadie que volvería a construir
           por segunda vez de la misma manera.
              Aquí en la selva las condiciones para el recién llegado son siempre
           difíciles. Es cierto que el novato es propietario del suelo que pisa, pero
           su propiedad es una selva espesa e impenetrable. Hace falta empezar
           por abrir picadas a través del bosque en todas direcciones, a fin de en-
           contrar un predio más o menos indicado para la construcción. Es preci-
           so que la vivienda se sitúe a cierta altura, sin estar, empero, muy alejada
           del agua. Nada resulta más malsano que ubicarla en un pozo, como
           suele hacerse aquí con el fin de aprovechar el agua de los arroyos. El
           que cuenta en su propiedad con una vertiente a cierta altura tendrá un
           lugar ideal para construir su casa cerca de ella. El terreno debe estar
           seco, pues el suelo mojado o el nivel elevado de la capa freática tarde
           o temprano humedecerá la casa y pondrá en riesgo sus cimientos. El
           sitio también debe estar libre de cualquier tipo de inmundicias que pue-
           dan tener efectos indeseados en el hogar y sus alrededores, además
           de impedir la instalación de un pozo. Asimismo, es fundamental prever
           cómo ha de solucionarse el problema del aprovisionamiento de agua y
           la remoción de residuos.
              Los CIMIENTOS de la casa deben encontrarse, como mínimo, a un
           metro por encima del máximo nivel de agua de la capa freática. Levan-
           tar la casa sobre pilotes como se acostumbra hacer aquí es un grave
           error, aun tratándose de casas de madera. Provoca que el espacio de-
           bajo de la casa se transforme en un montón de desechos, en un verda-
           dero foco de incubación de anofeles y otras sabandijas. Conviene que
           aun las casas de madera tengan un cimiento de piedra. Las llamadas
           piedras “Kubin” , que se encuentran en todos lados, se adaptan per-
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           fectamente a esta necesidad.
              En lo posible, las PAREDES DE LA CASA deben ser malos conduc-
           tores del calor. La temperatura del aire en las habitaciones depende de
           la temperatura de las paredes, no a la inversa. La capacidad calórica de
           una pared de ladrillos es alrededor de mil veces mayor que la del aire,
           de modo que, por ejemplo, podemos ventilar sin preocuparnos una ha-
           bitación caldeada en invierno, ya que la temperatura del aire recuperará
           el grado anterior pocos minutos después de cerrar las ventanas. Esto
           también ha de tenerse en cuenta con respecto a la disposición de las


           24    Piedra Kubin. Una posibilidad es que se trate de la piedra itacurú (plintita), que se
           obtiene únicamente en yacimientos ubicados en la provincia de Misiones y que utiliza-
           ron los jesuitas para construir las reducciones. Otra (según una informante misionera, la
           señora Leonor Kuhn, que me hizo conocer María Cecilia Gallero, investigadora que con-
           tribuye en este Cuaderno) afirma que “Kubin es la expresión en alemán o algún dialecto
           de «piedra cupi», que es la que usaron los jesuitas. Es blanda, permite moldearse y una
           vez afuera se endurece”. Si bien es probable que se trate de esta piedra, la posibilidad
           de que el autor tradujera “cupi” por “Kubin” no se sostiene lingüísticamente, a más de
           resultar por demás extraño que el término “Kubin” coincida con el apellido de una fami-
           lia residente en Puerto Rico. Persiste la duda. (N. de la T.)
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