Page 122 -
P. 122
120 LUIS FERNANDO RUEZ
previsora sobre un cacharro viejo y destartalado: hubo dos suicidios, dos
incendios y una fuerte borrasca que desató pánico a bordo; chocamos con-
tra un banco de arena; padecimos una cuarentena en Río de Janeiro y otra
en Santos… más no se puede pedir por el dinero entregado. Mugrientos y
piojosos, llegamos a Buenos Aires. Entre tanto, los miles de marcos que lle-
vaba y en su momento habían representado un apreciable monto se habían
encogido y desvalorizado a tal punto que me dieron apenas ochenta pesos
por ellos. Gasté cuarenta el primer día en el hotel y no quedaron más que
cuarenta para mí y los otros tres integrantes de mi familia. En consecuencia,
el Consulado me arrumbó en Emigración, que se deshacía en un santiamén
de los recién llegados enviándolos al Chaco.
Después de un viaje de dos días llegamos a Charata. De las cerca de
doscientas personas que integraban la comitiva, yo era el único que a duras
penas chapurreaba un poco de castellano. Pude así evitar que la mitad de
nuestro equipaje, que incluía dos cajas mías, fuese descargado y se desva-
neciese para siempre ante nuestros ojos. En todo caso, nos devolverían las
cajas vacías, cosa usual en aquel tiempo.
Charata era por aquel entonces un mísero poblacho… y es mucho decir.
En realidad no era más que una parada del ferrocarril del Estado, consisten-
te en una docena de casas de adobe agrupadas alrededor del edificio de la
estación. Como el terreno no estaba amojonado, nadie podía construir edi-
ficios permanentes. Todas las casas, sin excepción, eran a su vez boliches
u “hoteles”. Charata disponía también de una farmacia y, por supuesto, de
dignas autoridades. Sus alrededores, por el contrario, estaban densamente
poblados por colonos, en su mayoría españoles, aunque también nos había
precedido un puñado de alemanes. Algunos ya habían logrado hacerse de
propiedades nada desdeñables, a pesar de tratarse de terrenos fiscales sin
agrimensura. Como no podía permitirme ir a un hotel, que costaba por día
tres pesos por persona, pedí al jefe de estación que nos dejase ocupar un
vagón de carga, a lo que él accedió.
Ningún integrante de nuestro grupo olvidará jamás nuestra llegada a
Charata. Era un domingo particularmente caluroso y radiante, y a las tres de
la tarde nos encontrábamos todos en el andén, supervisando la descarga
del equipaje. De pronto, una nube negra oscureció el cielo. Era una manga
de langostas, algo que varios entre nosotros conocían de haberlas visto en
África. Más tarde tuve varias oportunidades de presenciar invasiones de
langostas en la Argentina, pero ninguna de la magnitud de esta.
Las langostas, de diez centímetros de largo, azotaban nuestras cabe-
zas, se metían por el interior de nuestros cuellos y debajo de las faldas de
las mujeres. Era para desesperar. Durante más de una hora nos defendi-
mos como pudimos hasta que finalmente la manga se alejó. Fue un mal
recibimiento.
Acababa de acomodarme en el vagón de carga con mi familia y nues-
tras doce cajas y valijas cuando llegó el dueño de la hostería alemana para
decirme que, como alemán, le resultaba inadmisible que yo viviera como
un mendigo, más aun siendo médico. Agregó que si no disponía de dinero
en efectivo para afrontar los gastos —lo que él comprendía dada la deva-
luación de la moneda—, probablemente tendría en mis numerosas cajas

