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124 LUIS FERNANDO RUEZ
parte de los inmigrantes que llegaron en aquella oportunidad abandonaron
más tarde la Argentina y regresaron a su patria de origen. Por su parte (a
pesar de las artimañas de las autoridades, en particular las de las oficinas
topográficas; a pesar de la policía; a pesar de las langostas y otras calami-
dades), los que quedaron aquí y se abocaron con seriedad y perseverancia
a la tarea de forjar este país, bien que no se hicieron ricos, lograron acceder
a un bienestar que permite que sus hijos crezcan sanos y que ellos lleguen
a la vejez sin sobresaltos.
Habían enganchado doce caballos a nuestra chata y la habían cargado
con el equipaje y una damajuana de diez litros de agua para el viaje. Par-
timos. El carrero era español o lo parecía; no hablaba una sola palabra y
aseguraba que no nos entendía, ni a mí, cosa comprensible, ni a Fabricius.
Pero esto no nos llamó mayormente la atención. Fabricius se limitó a en-
cogerse de hombros ante la actitud hosca del sujeto; poco nos importaba,
pues al mediodía habríamos llegado a destino. Era un día de verano cálido
y radiante, un clima ideal en comparación con la semana anterior en que
había llovido a cántaros durante tres días… una tortura para nosotros, alo-
jados a la intemperie. Esperábamos ansiosamente disponer en adelante de
buen tiempo porque por el momento debíamos vivir al descampado. Can-
tábamos y nos divertíamos; Fabricius se despachaba con una anécdota
chistosa tras otra y no prestábamos atención al camino. Apenas dejamos
atrás Charata, me había llamado la atención que el carrero se dirigía hacia
el norte en lugar del noreste. Pero Fabricius me aclaró que el sendero que
habíamos recorrido a caballo días atrás no era transitable para un carro de
tales proporciones y su explicación me pareció convincente. Los caballos
trotaban animosamente, pese a lo cual el gallego los azuzaba sin cesar al
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grito de “¡Vamos!”, acompañado de un insulto que no conocía en ese en-
tonces y un rebencazo, a mi juicio, innecesario. Pero los caballos estaban
habituados a su dueño y nada los inmutaba.
Se hicieron las doce y empezamos a sentir hambre, por lo que nos detu-
vimos y cocinamos algo. Después de comer proseguimos viaje. Tanto el sol
como mi brújula me señalaban que seguíamos yendo en dirección al norte.
Esto me inquietó y se lo hice saber a Fabricius, quien también había em-
pezado a desconfiar del gallego y lo encaró. Este, en lugar de reaccionar,
siguió apurando a los caballos con furia.
Se hicieron las tres de la tarde y Fabricius dijo: “Estimada señora, doc-
tor, presten atención a lo que les digo, caramba, escuchen bien: estamos
perdidos.” “Pienso lo mismo”, dije, abatido.
Volvió Fabricius a dirigirse con vehemencia al carrero, pero el hombre
seguía haciéndose el desentendido. A las cinco de la tarde aun íbamos en
dirección al norte. De pronto se me cruzó por la cabeza un pensamiento
que me espantó. Confieso que me recorrió un escalofrío y por unos segun-
dos quedé petrificado. ¿Cabía la posibilidad de que nos hubiesen secues-
trado? Once cajas llenas de mercancías poco usuales en el Chaco signifi-
caban todo un capital para los habitantes del lugar. ¿No estaría Fabricius en
complicidad con ellos? Después de todo, ¿qué sabíamos de él? Observé a
32 Gallego: mote dado al español en general. (N. de la T.)

