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TODO COMIENZO ES DIFÍCIL 129
chaqueño consiste en múltiples claros pequeños en medio de un oquedal
espinoso. En este pequeño claro de cerca de un cuarto de hectárea se ha-
llaba un hermoso corzo, que nos miraba sorprendido. Posiblemente no se
había topado jamás con un ser humano y el olor de este animal de rapiña
le era ajeno. Quizá se preguntaba si era enemigo o amigo. Se mantenía
quieto como una roca a escasos tres metros de Fabricius. Los matorrales
espinosos me impedían llegar hasta mi compañero que, de pasmado que
estaba, había olvidado disparar su arma. “¡Tire, tire, santo Dios, tire de una
vez!” le susurré al oído. Finalmente sonó el disparo. En su asombro por el
estampido que nunca había oído, el corzo dio un salto en el aire y volvió a
plantarse, inmóvil, mirándonos con recelo. Acaso sopesaba si le convenía
entrar a rivalizar con nosotros. El disparo había fallado. Yo ardía de rabia,
hice a un lado a Fabricius y disparé mi arma. El corzo dio un salto en el aire
y… se alejó plácidamente. Era evidente que no quería tener nada que ver
con nosotros; éramos demasiado ruidosos. Ahí quedamos los dos, mirán-
donos con la boca abierta hasta que soltamos una carcajada. Esto interesó
al corzo, que se acercó de nuevo, pero apenas alzamos los rifles volvió a
alejarse al trote, desapareciendo en un monte vecino. Posiblemente recor-
daba que cada vez que alzábamos ese palo se producía un ruido desagra-
dable. Nos afanamos detrás de él. Pocos metros más adelante se abría
otro claro, cubierto de hierbas de la altura de un hombre, donde pastaba
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un guazuncho con su cría. El corzo se les aproximó y pareció comentar a
doña Guazuncho acerca de los extraños animales que alzan una rama que
despide fuego y humo y hace un ruido infernal. Esto pareció interesar a la
corza, que era todo oídos y ojos, y no tardó en acercarse también la pe-
queña corzuela para escuchar. De vez en cuando, los tres torcían los ojos
recelosos en nuestra dirección. Le grité a Fabricius que no se moviera de
allí mientras me deslizaba hacia el otro lado del claro, y que no disparase
hasta que no hubiese levantado el rifle con mi sombrero, en señal de llega-
da. Se me ocurrió esto para evitar que el animal se nos escapase, pues de
pronto había perdido toda confianza en nuestras habilidades cinegéticas.
Me apronté del otro lado y eché el sombrero sobre el rifle. Al punto escuché
el tiro y el corzo se desplomó.
Entonces Fabricius me preguntó si seguía desconfiando de él. Lo ne-
gué, asegurándole que lamentaba no haberlo apreciado como merecía. Por
esos días construimos un ranchito para que mi mujer y los niños estuviesen
resguardados. Allí también guardamos las cajas para protegerlas de la llu-
via. Esto dejaba poco lugar para los catres que habíamos fabricado pero,
por precario que fuera, un techo era un techo y nos daba cierta sensación
de bienestar. Fabricius colaboró con empeño en la tarea y luego nos co-
municó el plan que tenía en mente. Iría a buscar al carrero y lo traería de
vuelta aunque tuviese que ir a pie hasta Charata. Me pareció bien; ya era
hora de saber dónde nos encontrábamos para poder decidir nuestro futu-
ro. Habíamos recorrido los alrededores sin aventurarnos lejos, porque no
sabíamos si el infame carrero andaba rondando la zona y acechando el mo-
mento oportuno para caernos encima. Lo único que pudimos averiguar fue
34 Corzuela parda (Mazama gouazoubira), nativa de América. (N. de la T.)

