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TODO COMIENZO ES DIFÍCIL                133



               trabajar muy bien la madera. En comparación con lo que habíamos cons-
               truido Fabricius y yo, era un verdadero palacio. A cambio de unas armas,
               me agencié un magnífico caballo de silla: un “cazador de avestruces”; otro
               fue para mi hija y una mula para mi mujer. Fue un capricho de ella. Sabe
               Dios por qué se le había metido en la cabeza tener una mula. Hubo un re-
               vuelo en el vecindario porque no era apropiado que una doña montase una
               mula, debía montar una yegua. Sin embargo, ella persistió en quedarse con
               la mula, que resultó ser un animal estupendo y más manso que nuestros
               caballos. Nosotros mismos nos fabricamos las sillas de montar con unos
               cueros de vaca que nos habían regalado, siguiendo la costumbre argentina
               que copié de don González. Debo decir que nunca más en la vida me sentí
               tan seguro y cómodo sobre una montura como sobre estas sillas fabricadas
               por mí mismo .
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                  Al cabo de pocas semanas habíamos dejado atrás toda preocupación
               concerniente a la comida y nos habíamos convertido en personas distin-
               guidas. Se suele hablar muy mal de los santiagueños, al igual que de los
               correntinos. Por eso debo señalar que en toda mi vida no encontré amistad
               más noble ni ayuda más abnegada que la que recibí en aquel entonces de
               los santiagueños poseedores de ganado hurtado: cuatreros malvados que
               en poco apreciaban vidas ajenas, ocupaban terrenos fiscales sin pagar un
               centavo de arrendamiento y eran temidos por los colonos y aun más por
               la policía. Toda la ropa y adornos de los que podíamos prescindir fueron a
               parar a sus manos a cambio de implementos de labranza y animales.
                  Con ayuda de estos vecinos cultivamos la tierra e iniciamos la cons-
               trucción de una casa hecha y derecha como corresponde a un médico
               y estanciero. Constaba de tres habitaciones, cocina y dos galerías. Talé
               con mis propias manos quinientos tronquitos de quebracho colorado y
               blanco en el bosque y los cargué sobre mis hombros hasta la casa. (Cada
               tronco tenía unos 20 a 30 centímetros de diámetro y 3 metros de largo).
               Los ajustábamos a la cincha de los caballos y mis hijos, montados, los lle-
               vaban de la linde del bosque hasta el terreno donde se encontraba la obra
               en construcción. Con ayuda de mis vecinos, yo mismo realicé la tarea de
               construir la casa.
                  Cubrimos la construcción con un techo de adobe del grosor de un me-
               tro. Fue un trabajo descomunal, pero mantenía el interior fresco y totalmen-
               te impermeable. Revocamos las paredes interiores con barro, las alisamos
               y las recubrimos con ceniza y savia de cactus columnar, lo que les dio una
               hermosa tonalidad gris plateada. La casa no solo era a prueba de balas —ni
               un proyectil de ametralladora puede perforar el quebracho—, sino que era
               muy fresca en verano y tibia en invierno. Nunca más en mi vida disfruté tan-
               to de una casa. Hoy mismo volvería a cambiarla por cualquier otra, si junto
               con ella pudiese volver al pasado.
                  Cada noche caíamos como muertos en las camas o, mejor dicho, en
               los catres que hacían las veces de cama y solían estar armados al aire libre
               en la galería. No teníamos el menor contacto con el mundo civilizado ni lo
               extrañábamos. Vivíamos nuestras vidas felices y satisfechos, andábamos

               39    Tal vez fueran recados. (N. de la T.)
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