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           para que se llene el bebedero. El cubo se vacía solo. Estos burros son
           tan avispados que no dan un paso más que el necesario; una vez que
           el bebedero está lleno, por más que se les pegue no acarrearán otro
           balde. Conocen su trabajo y no harán más de lo que sienten es su obli-
           gación. Una vez que el ganado ha vaciado a medias el bebedero, se
           molestan en extraer nuevamente agua del pozo. Cuando los animales
           se han saciado, los burros vuelven a llenar el bebedero, beben a su
           vez hasta saciarse y luego exigen que se los deje en paz. Rebuznan
           interminablemente hasta que los desenganchan y pueden ir a pastar.
           Aparecerán luego puntualmente a la hora de llenar el bebedero.
              En el hogar de González fuimos recibidos cordialmente, con la hospi-
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           talidad espontánea y cálida propia de los nativos , que nunca resulta car-
           gosa ni inoportuna. Al escuchar el relato de nuestras peripecias, el viejo
           González silbó entre dientes de un modo curioso. Pero no me mezquina-
           ron su aprecio; por el contrario, hicieron notar que en parejas condiciones
           cualquier otro habría sucumbido. Al anochecer emprendimos el regreso a
           casa, rebosantes de dicha y cargados con queso, leche, tortillas de maíz,
           charque, una cabra viva de regalo para mi hija y un caballo para mi hijo.
           Mi mujer nos esperaba, preocupada. Prometieron visitarnos a la mañana
           siguiente.
              Así sucedió: apareció todo un gentío, sorprendido y contento por la no-
           ticia de que allí se encontraba un gringo… que en realidad no lo era pues,
           de serlo, no habría sobrevivido; que había cavado sus propios pozos y en-
           cima era médico. Ese mismo día, tuve mis primeros pacientes. Me llamó la
           atención que los tres estuviesen heridos, pero pasó tiempo antes de saber
           de qué se trataba: habíamos ido a parar entre unos cuatreros cuyo cabecilla
           era González. Era una de las bandas más temidas del Chaco, y la policía no
           podía echarle mano por el mero hecho de que tanto ella como los jueces de
           paz pertenecían a la misma.
              Como los tres heridos se curaron con sorprendente rapidez sin gran
           mérito de mi parte, no tardó en crecer mi reputación de buen médico. El
           trabajo me llovía y llegué a tener cerca de cincuenta enfermos por día. Está
           visto que el ser humano no puede evadir su destino. En Charata, tanto
           como en Buenos Aires, había rehusado desempeñarme como médico y ter-
           miné siendo médico entre mestizos y gauchos. ¡Oh, destino, qué cabriolas
           nos haces dar!
              Con el dinero en efectivo había un problema, pues brillaba por su ausen-
           cia. La gente pagaba con víveres, gallinas, caballos, vacas, cabras, ovejas…
           en una palabra, con aquello de lo que disponía. Creo que si me hubiese
           quedado allí, con el tiempo habría llegado a ser un estanciero, como había
           soñado. A modo de honorario, tres pacientes me ayudaron a construirme
           una choza mejor. En ocho días estuvo en pie, pues los santiagueños saben

           38    El término alemán Naturvölker (pueblos originarios o naturales, acuñado a fines del
           siglo XVIII por Johann Gottlieb Herder; véase en el artículo de Lazzari la nota 15) está aquí
           utilizado por Ruez por extensión, en un sentido poco estricto. El nombre González carac-
           teriza como criollo al gaucho del que habla, pero los criollos no pertenecen a la población
           originaria o natural, aunque el uso académico permita extender el sentido a este grupo.
           Ruez distingue claramente los indígenas de los criollos. (N. de la T.)
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