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132 LUIS FERNANDO RUEZ
para que se llene el bebedero. El cubo se vacía solo. Estos burros son
tan avispados que no dan un paso más que el necesario; una vez que
el bebedero está lleno, por más que se les pegue no acarrearán otro
balde. Conocen su trabajo y no harán más de lo que sienten es su obli-
gación. Una vez que el ganado ha vaciado a medias el bebedero, se
molestan en extraer nuevamente agua del pozo. Cuando los animales
se han saciado, los burros vuelven a llenar el bebedero, beben a su
vez hasta saciarse y luego exigen que se los deje en paz. Rebuznan
interminablemente hasta que los desenganchan y pueden ir a pastar.
Aparecerán luego puntualmente a la hora de llenar el bebedero.
En el hogar de González fuimos recibidos cordialmente, con la hospi-
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talidad espontánea y cálida propia de los nativos , que nunca resulta car-
gosa ni inoportuna. Al escuchar el relato de nuestras peripecias, el viejo
González silbó entre dientes de un modo curioso. Pero no me mezquina-
ron su aprecio; por el contrario, hicieron notar que en parejas condiciones
cualquier otro habría sucumbido. Al anochecer emprendimos el regreso a
casa, rebosantes de dicha y cargados con queso, leche, tortillas de maíz,
charque, una cabra viva de regalo para mi hija y un caballo para mi hijo.
Mi mujer nos esperaba, preocupada. Prometieron visitarnos a la mañana
siguiente.
Así sucedió: apareció todo un gentío, sorprendido y contento por la no-
ticia de que allí se encontraba un gringo… que en realidad no lo era pues,
de serlo, no habría sobrevivido; que había cavado sus propios pozos y en-
cima era médico. Ese mismo día, tuve mis primeros pacientes. Me llamó la
atención que los tres estuviesen heridos, pero pasó tiempo antes de saber
de qué se trataba: habíamos ido a parar entre unos cuatreros cuyo cabecilla
era González. Era una de las bandas más temidas del Chaco, y la policía no
podía echarle mano por el mero hecho de que tanto ella como los jueces de
paz pertenecían a la misma.
Como los tres heridos se curaron con sorprendente rapidez sin gran
mérito de mi parte, no tardó en crecer mi reputación de buen médico. El
trabajo me llovía y llegué a tener cerca de cincuenta enfermos por día. Está
visto que el ser humano no puede evadir su destino. En Charata, tanto
como en Buenos Aires, había rehusado desempeñarme como médico y ter-
miné siendo médico entre mestizos y gauchos. ¡Oh, destino, qué cabriolas
nos haces dar!
Con el dinero en efectivo había un problema, pues brillaba por su ausen-
cia. La gente pagaba con víveres, gallinas, caballos, vacas, cabras, ovejas…
en una palabra, con aquello de lo que disponía. Creo que si me hubiese
quedado allí, con el tiempo habría llegado a ser un estanciero, como había
soñado. A modo de honorario, tres pacientes me ayudaron a construirme
una choza mejor. En ocho días estuvo en pie, pues los santiagueños saben
38 El término alemán Naturvölker (pueblos originarios o naturales, acuñado a fines del
siglo XVIII por Johann Gottlieb Herder; véase en el artículo de Lazzari la nota 15) está aquí
utilizado por Ruez por extensión, en un sentido poco estricto. El nombre González carac-
teriza como criollo al gaucho del que habla, pero los criollos no pertenecen a la población
originaria o natural, aunque el uso académico permita extender el sentido a este grupo.
Ruez distingue claramente los indígenas de los criollos. (N. de la T.)

