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TODO COMIENZO ES DIFÍCIL                127



               terrible descubrimiento: también había desaparecido la bolsa con los víve-
               res. Fue tan sincero el horror que se apoderó de Fabricius que compren-
               dí que no tenía nada que ver en el asunto. El carrero se había escapado,
               abandonándonos a nuestra suerte en este paraje desolado, expuestos al
               hambre y la sed. Había dejado a una inocente familia librada a una muerte
               atroz para apoderarse de sus bienes. Le bastaría con volver unos días más
               tarde, uncir los caballos al carro y esparcir los cadáveres por el bosque.
               Nadie le pediría explicaciones.
                  Nos fue invadiendo la desesperación. Repasamos el camino recorrido
               y calculamos que sería de al menos ochenta kilómetros, una distancia im-
               posible de transitar a pie a través de una zona desértica carente de agua.
               Seguramente habríamos muerto de agotamiento antes de llegar a una
               aguada. Luego, de a poco, nos pusimos a deliberar. Había una tenue espe-
               ranza, pero esperanza al fin, de que algún puestero a caballo encontrarse
               nuestra huella y nos rastrease. Si seguíamos adelante no habría posibilidad
               de salvación; si nos quedábamos, había una leve probabilidad de que nos
               encontrasen. Lo más acuciante era el problema del agua. De hambre no
               moriríamos ya que abundaban animales salvajes y no nos faltaban armas
               ni municiones.
                  Fabricius sostenía que en una extensa pampa como aquella debía ha-
               llarse agua a escasa profundidad. Yo no sabía nada de esto. Estudió el
               terreno. Era una pampita de unas 50 hectáreas, una superficie llana cubierta
               de pasto parduzco delante de un espeso bosque. El gallego había detenido
               nuestro carro en medio de la pampita, pues todo jinete chaqueño procura
               encontrarse lo más lejos posible del bosque, que al menos en aquel enton-
               ces ocultaba amenazas de animales salvajes y de indios. En el centro de
               la planicie se estaba más seguro. Buscamos huellas pero no encontramos
               más que las propias. ¡Miércoles, si nos hubiésemos percatado el día antes
               no habríamos caído en la trampa del gallego!
                  Aunque Fabricius no ostentaba títulos muy presentables, fue finalmente
               su conocimiento del Chaco lo que nos salvó. Nos dijo que en el centro de
               estas extensas pampas suele haber agua dulce a escasa profundidad, en
               tanto que el bosque solo contiene agua salada; que esta agua dulce se
               anuncia por una mancha verde en medio del pastizal parduzco y que lo me-
               jor que podíamos hacer era cavar un pozo. Esto nos quitó a todos un peso
               de encima. ¡Por supuesto, cavaríamos un pozo! Muy próxima a nuestro
               carro se encontraba una mancha de hierba verde, y al mirar con atención
               nos pareció que en el lugar había una pequeña hondonada. Abrimos la caja
               de herramientas que el canalla no había podido llevarse, pero nos faltaba
               la cuerda del pozo. Era grave. Por suerte disponíamos de varias docenas
               de cordeles para la limpieza de armas, que podríamos anudar unas a otras.
               Nos pusimos a cavar con empeño, a pesar del sol ardiente.
                  Con Fabricius me turnaba en cavar el pozo. Al mediodía habíamos al-
               canzado dos metros de profundidad. No dejaba de ser un buen desem-
               peño, considerando que no estábamos acostumbrados a ese trabajo. Co-
               menzamos a izar el balde lleno de tierra. Pero los cordeles nos cortaban las
               manos y el balde era demasiado pesado, de modo que vaciamos un tarro
               de mermelada y lo colgamos de los cordeles. Con este baldecito de juguete
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