Page 132 -
P. 132
130 LUIS FERNANDO RUEZ
que en tres o cuatro kilómetros a la redonda no había ningún asentamiento
humano, ni siquiera de indios. Tampoco encontramos manadas ni huellas
de ganado.
Un lunes por la mañana Fabricius se alejó. Se propuso regresar en una
semana. Por cierto regresó, pero pasados los tres meses. Nos habíamos
convertido en ermitaños como Robinson Crusoe, librados a nuestro pro-
pio destino y solos en la inmensidad del mundo, dependiendo de la caza
para nuestro sustento. En este sentido no había nada que temer por el
momento, ya que las presas de caza eran abundantes. Corzuelas, chara-
tas (una gallina salvaje) , de tanto en tanto una puesta de huevos; todo
35
sin sal, que reemplazábamos por ceniza. Habíamos aprendido a preparar
36
muchos alimentos a partir del kéfir , el forraje para los caballos que ha-
bíamos traído con nosotros. También iniciamos una plantación y estaba
prosperando. El kéfir, también llamado kafir, cocinado en agua, daba una
especie de sopa, poco sabrosa pero alimenticia. También mezclábamos
kéfir con agua y hacíamos una papilla espesa a la que añadíamos semillas
remojadas, formando una especie de tortilla que asábamos en la ceniza
ardiente y, más tarde, cocinamos o secamos en el horno. Nos raspaban la
garganta pero tenían un gusto parecido al del pan. Si cazaba una corzuela
—hacía rato que había dejado atrás mis escrúpulos—, la ordeñábamos de
inmediato para darle unas gotas de leche a los niños. Si desmenuzába-
mos y hervíamos las semillas de kéfir tostadas, obteníamos café con le-
che. Con ciertas hierbas blandas del bosque, que además tenían un gusto
salado, cocíamos verdura. Es verdad que al principio, hasta que el estó-
mago se acostumbró, vomitábamos todo. Frutos no había ninguno en el
monte que, por otra parte, no parecía albergar nada que fuese de utilidad.
También cacé loros, pero aun la parte más tierna, el pecho, tenía la con-
sistencia del cuero curtido de una vieja valija. Además la carne era muy
amarga, ya que los loros están aficionados a alimentarse de los frutos del
quebracho blanco. En una palabra, no vivíamos, apenas vegetábamos en
medio de la indigencia y las necesidades más extremas, pese a lo cual no
solo conservamos la salud sino el buen humor. Diría que en Europa nunca
viví con mi mujer en tan completa armonía como en esta época de amarga
miseria en el salvaje desierto del Chaco.
Aun vendrían días difíciles. Una mañana, el cielo se cubrió de lóbregas
nubes y empezó a llover a mares. Durante nueve días y nueve noches llo-
vió torrencialmente. La pequeña hondonada que habitábamos se llenó de
agua, se transformó en una charca y tuvimos que corrernos a otro lado.
Por suerte, Fabricius nos había aconsejado que levantásemos el rancho
sobre una leve elevación a un costado de dicha hondonada. Esto lo salvó
de hundirse por completo. Finalmente dejó de llover y dos días después,
cuando el agua se hubo retirado, vimos que nuestro pozo había desapare-
35 Ave arborícola (Ortalis canicollis) que se alimenta de frutos e insectos, oriunda de la
Argentina y Bolivia. (N. de la T.)
36 Puede ser una bebida fermentada, preparada con leche, saludable para la flora intesti-
nal de los caballos. Pero se trata del sorgo que en alemán normalmente se llama Sorgum.
Véase también la nota 8 del fragmento de la Crónica de familia. (N. de la T.)

