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           que en tres o cuatro kilómetros a la redonda no había ningún asentamiento
           humano, ni siquiera de indios. Tampoco encontramos manadas ni huellas
           de ganado.
              Un lunes por la mañana Fabricius se alejó. Se propuso regresar en una
           semana. Por cierto regresó, pero pasados los tres meses. Nos habíamos
           convertido en ermitaños como Robinson Crusoe, librados a nuestro pro-
           pio destino y solos en la inmensidad del mundo, dependiendo de la caza
           para nuestro sustento. En este sentido no había nada que temer por el
           momento, ya que las presas de caza eran abundantes. Corzuelas, chara-
           tas (una gallina salvaje) , de tanto en tanto una puesta de huevos; todo
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           sin sal, que reemplazábamos por ceniza. Habíamos aprendido a preparar
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           muchos alimentos a partir del kéfir , el forraje para los caballos que ha-
           bíamos traído con nosotros. También iniciamos una plantación y estaba
           prosperando. El kéfir, también llamado kafir, cocinado en agua, daba una
           especie de sopa, poco sabrosa pero alimenticia. También mezclábamos
           kéfir con agua y hacíamos una papilla espesa a la que añadíamos semillas
           remojadas, formando una especie de tortilla que asábamos en la ceniza
           ardiente y, más tarde, cocinamos o secamos en el horno. Nos raspaban la
           garganta pero tenían un gusto parecido al del pan. Si cazaba una corzuela
           —hacía rato que había dejado atrás mis escrúpulos—, la ordeñábamos de
           inmediato para darle unas gotas de leche a los niños. Si desmenuzába-
           mos y hervíamos las semillas de kéfir tostadas, obteníamos café con le-
           che. Con ciertas hierbas blandas del bosque, que además tenían un gusto
           salado, cocíamos verdura. Es verdad que al principio, hasta que el estó-
           mago se acostumbró, vomitábamos todo. Frutos no había ninguno en el
           monte que, por otra parte, no parecía albergar nada que fuese de utilidad.
           También cacé loros, pero aun la parte más tierna, el pecho, tenía la con-
           sistencia del cuero curtido de una vieja valija. Además la carne era muy
           amarga, ya que los loros están aficionados a alimentarse de los frutos del
           quebracho blanco. En una palabra, no vivíamos, apenas vegetábamos en
           medio de la indigencia y las necesidades más extremas, pese a lo cual no
           solo conservamos la salud sino el buen humor. Diría que en Europa nunca
           viví con mi mujer en tan completa armonía como en esta época de amarga
           miseria en el salvaje desierto del Chaco.
              Aun vendrían días difíciles. Una mañana, el cielo se cubrió de lóbregas
           nubes y empezó a llover a mares. Durante nueve días y nueve noches llo-
           vió torrencialmente. La pequeña hondonada que habitábamos se llenó de
           agua, se transformó en una charca y tuvimos que corrernos a otro lado.
           Por suerte, Fabricius nos había aconsejado que levantásemos el rancho
           sobre una leve elevación a un costado de dicha hondonada. Esto lo salvó
           de hundirse por completo. Finalmente dejó de llover y dos días después,
           cuando el agua se hubo retirado, vimos que nuestro pozo había desapare-


           35    Ave arborícola (Ortalis canicollis) que se alimenta de frutos e insectos, oriunda de la
           Argentina y Bolivia. (N. de la T.)
           36    Puede ser una bebida fermentada, preparada con leche, saludable para la flora intesti-
           nal de los caballos. Pero se trata del sorgo que en alemán normalmente se llama Sorgum.
           Véase también la nota 8 del fragmento de la Crónica de familia. (N. de la T.)
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