Page 136 -
P. 136
134 LUIS FERNANDO RUEZ
medio desnudos para cuidar la ropa y comíamos lo que nos aportaba la
caza, mi profesión y lo que producíamos. Así y todo, rebosábamos salud y
estábamos libres de “nervios”.
Habrían pasado tres meses cuando un buen día apareció Fabricius a
caballo, acompañado por nuestro carrero, con seis caballos. Fue una sor-
presa, aun mayor al ver que venía arrastrando una gran bolsa llena de man-
jares y una damajuana de vino. El gallego se deshacía en cumplidos, pero
cuando quiso disculparse Fabricius lo paró en seco.
Una vez que los demás se hubieron retirado a dormir y Fabricius y yo
nos quedamos solos disfrutando de una copita de vino, me contó de sus
andanzas. Sabiendo que tenía fama de embustero, hizo notar de entrada
que esta vez no fabularía, sino que se atendría rigurosamente a la ver-
dad. Me contó que siguió las huellas de la chata y pudo descubrir que el
gallego había juntado la tropilla y la había llevado a Charata. A Fabricius
no le quedó más remedio que ir tras él. No quería perder tiempo regre-
sando a darnos la noticia, ya que daba por sentado que lo supondríamos.
El infame carrero había tomado con los caballos una dirección diferente
de la que había llevado con nosotros; de mala fe nos había guiado a una
zona despoblada para borrar los rastros. Siguió contando que, después
de recorrer unas dos leguas, encontró a un puestero que también había
recibido la visita del gallego. Este hombre le prestó un caballo y Fabricius
le encargó que viera cómo ayudarnos. Mucho se sorprendió al enterarse
de que no lo había hecho.
En Charata no pudo dar con nuestro carrero, que se había esfumado in-
mediatamente después de restituir los caballos. (Más tarde supimos a qué
se debió esto, pero no quiero adelantarme.) Se le había metido en la cabeza
que le pediría explicaciones y fue tras él. Al principio no tuvo suerte, pero
unos ocho días antes de nuestro reencuentro regresó a Charata y pudo
atraparlo. Como ya habían pasado tres meses, el bribón regresó, confiado
en que nada le sucedería. Medio ebrio y riendo a carcajadas, contó a Fa-
bricius que el médico holandés y el farmacéutico le habían encargado que
llevase al gringo a la Pampa del Infierno y lo abandonase allí a su suerte.
A cambio de ello recibiría todas nuestras pertenencias. Admitió que había
vaciado las damajuanas de agua y robado las provisiones para no tener que
esperar mucho antes de esparcir nuestros huesos por el bosque. Las cosas
no se dieron así, en parte por obra nuestra y en parte porque se presenta-
ron acontecimientos que lo indujeron a ponerse a resguardo. Finalmente
propuso a Fabricius buscar y compartir el botín, ya que los gringos hacía
rato que estarían convertidos en materia putrefacta. Fabricius accedió con
entusiasmo y agregó que, para festejar en el lugar, también podrían dispo-
ner del vino y las provisiones que el carrero no había querido consumir por
parecerle algo sospechosas.
Imaginen la sorpresa del canalla cuando, en lugar de encontrar nuestra
osamenta, nos halló en perfecto estado y fuera de peligro, rodeados de
cierto lujo poco usual en aquellos parajes. Sin embargo, como consumado
farsante que era, se repuso de inmediato y adoptó una pose de cordial
amistad.

