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           medio desnudos para cuidar la ropa y comíamos lo que nos aportaba la
           caza, mi profesión y lo que producíamos. Así y todo, rebosábamos salud y
           estábamos libres de “nervios”.
              Habrían pasado tres meses cuando un buen día apareció Fabricius a
           caballo, acompañado por nuestro carrero, con seis caballos. Fue una sor-
           presa, aun mayor al ver que venía arrastrando una gran bolsa llena de man-
           jares y una damajuana de vino. El gallego se deshacía en cumplidos, pero
           cuando quiso disculparse Fabricius lo paró en seco.
              Una vez que los demás se hubieron retirado a dormir y Fabricius y yo
           nos quedamos solos disfrutando de una copita de vino, me contó de sus
           andanzas. Sabiendo que tenía fama de embustero, hizo notar de entrada
           que esta vez no fabularía, sino que se atendría rigurosamente a la ver-
           dad. Me contó que siguió las huellas de la chata y pudo descubrir que el
           gallego había juntado la tropilla y la había llevado a Charata. A Fabricius
           no le quedó más remedio que ir tras él. No quería perder tiempo regre-
           sando a darnos la noticia, ya que daba por sentado que lo supondríamos.
           El infame carrero había tomado con los caballos una dirección diferente
           de la que había llevado con nosotros; de mala fe nos había guiado a una
           zona despoblada para borrar los rastros. Siguió contando que, después
           de recorrer unas dos leguas, encontró a un puestero que también había
           recibido la visita del gallego. Este hombre le prestó un caballo y Fabricius
           le encargó que viera cómo ayudarnos. Mucho se sorprendió al enterarse
           de que no lo había hecho.
              En Charata no pudo dar con nuestro carrero, que se había esfumado in-
           mediatamente después de restituir los caballos. (Más tarde supimos a qué
           se debió esto, pero no quiero adelantarme.) Se le había metido en la cabeza
           que le pediría explicaciones y fue tras él. Al principio no tuvo suerte, pero
           unos ocho días antes de nuestro reencuentro regresó a Charata y pudo
           atraparlo. Como ya habían pasado tres meses, el bribón regresó, confiado
           en que nada le sucedería. Medio ebrio y riendo a carcajadas, contó a Fa-
           bricius que el médico holandés y el farmacéutico le habían encargado que
           llevase al gringo a la Pampa del Infierno y lo abandonase allí a su suerte.
           A cambio de ello recibiría todas nuestras pertenencias. Admitió que había
           vaciado las damajuanas de agua y robado las provisiones para no tener que
           esperar mucho antes de esparcir nuestros huesos por el bosque. Las cosas
           no se dieron así, en parte por obra nuestra y en parte porque se presenta-
           ron acontecimientos que lo indujeron a ponerse a resguardo. Finalmente
           propuso a Fabricius buscar y compartir el botín, ya que los gringos hacía
           rato que estarían convertidos en materia putrefacta. Fabricius accedió con
           entusiasmo y agregó que, para festejar en el lugar, también podrían dispo-
           ner del vino y las provisiones que el carrero no había querido consumir por
           parecerle algo sospechosas.
              Imaginen la sorpresa del canalla cuando, en lugar de encontrar nuestra
           osamenta, nos halló en perfecto estado y fuera de peligro, rodeados de
           cierto lujo poco usual en aquellos parajes. Sin embargo, como consumado
           farsante que era, se repuso de inmediato y adoptó una pose de cordial
           amistad.
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