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TODO COMIENZO ES DIFÍCIL 131
cido. Se había hundido y solo quedaba un charco. Para colmo de males,
durante la temporada de lluvias no hubo animales que pudiésemos cazar
y subsistíamos exclusivamente a base del kéfir que ablandábamos en el
agua. Estábamos medio muertos de hambre, comiendo kéfir sin sal ni grasa
y a menudo imposibilitados de prender un fuego porque no había leña seca
en ningún lugar. Por añadidura, estábamos empapados y muertos de frío.
Fueron tiempos durísimos.
Sabíamos que debíamos cavar un nuevo pozo lo antes posible, antes de
que se secase el charco. Nuestra vida dependía del agua. Esta vez decidi-
mos cavarlo al borde de la hondonada.
Esto podrá parecer fácil de realizar cuando se lee, pero ¡cuánto esfuer-
zo, fatiga, callosidades y penurias! Para los poceros mismos cavar pozos es
tarea ardua; imaginen lo que fue para personas que nunca habían realizado
tareas físicas pesadas; más aun para una mujer como la mía, que provenía
de una clase acomodada y en Europa nunca había tenido necesidad de pa-
sar siquiera una escoba. A esto se agregaba la sed atroz y el temor pánico a
desfallecer antes de encontrar agua y, en caso de llegar a ella, que no fuese
agua dulce. Pues hay en el Chaco pozos que se encuentran uno junto al
otro y uno contiene agua dulce y el otro, salada.
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Habrían pasado tres días después de terminar de cavar el pozo cuando
vimos al primer hombre. Una mañana apareció un jinete que nos miró per-
plejo antes de atinar a saludarnos. Se trataba de un santiagueño. Hombre
y caballo llevaban vistosos arreos de plata. Cuando finalmente arrancó a
hablar lo hizo en un idioma que yo no conocía. Era quechua. Lo saludé en
castellano. Aunque el hombre chapurreaba el castellano tan mal o quizá
peor que yo, pude entender que trabajaba a solo media legua de distancia
de allí en lo de un puestero. Quedamos boquiabiertos. Nos invitó a que lo
visitásemos y esa misma tarde fui allí con mis hijos. Era hacia el oeste, una
dirección que casi nunca habíamos tomado.
La propiedad del puestero, que llamaré González, era una especie de
caserío donde vivían cerca de veinte personas, todas emparentadas.
González tendría unos ochenta años pero se mantenía ágil y vigoroso
como un hombre de cuarenta. Se le notaba que estaba acostumbrado
a mandar y afrontar peligros. Su mujer, pequeña y apergaminada, debía
rondar los setenta. En la extensa pampa pastaban enormes manadas
de reses. Pegados a la casa había dos pozos, uno junto al otro. Cada
uno tenía unos cuatro metros por cuatro de superficie y no más de tres
de profundidad. Estaban prolijamente revestidos de madera. Uno de
los pozos contenía agua dulce y el otro, salada. Alternativamente, ya
uno ya otro era el pozo de aguas amargas, un fenómeno curioso que
me tiene intrigado hasta el día de hoy. Al amanecer y al atardecer el
ganado se acercaba al bebedero. Algo bueno que tiene el Chaco es que
no es necesario encerrar la hacienda ni cuidarla mucho. Es seguro que
al bajar el sol se acercará al bebedero; si falta una cabeza hay certeza
de que le ha sucedido algo. El burro mueve el cubo por su cuenta; va
y viene con la soga de la que cuelga tantas veces como sea necesario
37 Bastardillas del autor. (N. de la E.)

