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           vimos, por ende, en una pampita y decidimos pasar allí la noche. En aquel
           momento pensamos que sería lo mejor, pero fue lo peor que podíamos
           haber hecho.
              Nunca vi a nadie tan furioso como Fabricius, aunque ocultaba magis-
           tralmente su enojo bajo un manto de fría cortesía. No solo había quedado
           mal parado con respecto a sus conocimientos del lugar, sino muy dolido
           porque había desconfiado de él creyendo que intentaba secuestrarnos. Por
           cierto, fui injusto al desconfiar de él. Fabricius era un personaje de aquellos
           que rehúyen el trabajo; se las arreglan para medrar abusando de la benevo-
           lencia de sus amigos; viven pidiendo dinero prestado; lo reciben y aun así
           nunca tienen un centavo en el bolsillo. Sin embargo, nunca habría sido ca-
           paz de un acto vil, de una verdadera estafa. Era un explotador inofensivo de
           las debilidades y la bonachonería ajenas, un gentleman tan acabado que no
           precisaba recurrir al engaño. Era difícil resistirse a sus modales sugestivos.
              Enganchamos los caballos y los acoplamos para que buscasen su ali-
           mento. Me llamó la atención que el carrero no les diese de beber, a pesar
           de la provisión de agua que llevaba. Los animales me daban lástima. Hoy sé
           que fue una argucia para obligarlos a galopar de vuelta a casa de noche, a
           pesar del hambre. Corrían acicateados por la sed, un tormento aún mayor.
              Mi mujer preparó la cena, comimos y tomamos mate. El carrero hablaba
           sin cesar pero yo no soltaba mi arma, y pude observar que Fabricius hacía
           otro tanto. Le habíamos quitado las suyas y no se las habíamos devuelto.
           Así pasamos la noche, abatidos y desconfiando unos de otros. A las nueve,
           acomodamos a mi mujer y a los niños debajo de la chata y no tardaron en
           dormirse. El carrero se envolvió en su poncho después de ir a echar un vis-
           tazo a los caballos. Fue una lástima que no nos diéramos cuenta de ir con
           él, pues habríamos podido evitar que aprovechara la ocasión para soltarles
           las maneas. Pero yo era un gringo y, después de todo, Fabricius también lo
           era. Me mantuve despierto toda la noche, atendiendo a la respiración de mi
           familia y al comportamiento de Fabricius y el carrero, que durmieron toda
           la noche a pata tendida.
              Las horas trascurrieron con interminable lentitud. Apenas clareó desper-
           té a todos. No había noticia de los caballos. Después del mate, Fabricius or-
           denó al carrero que los enganchase. Los primeros rayos del sol asomaban
           detrás del monte. El carrero se incorporó con ademán impasible, observó
           cuidadosamente las huellas de las caballerías en el pasto y se dispuso a
           buscarlas. Como estaban acopladas —según creíamos—, no podrían es-
           tar muy lejos. Fabricius quiso unirse a la búsqueda, pero le pedí en tono
           firme que se quedase con nosotros. Lo aceptó, no sin comentar: “Doctor,
           preste bien atención a lo que le digo, caramba, escuche bien: usted sigue
           desconfiando de mí”. Lo admití abiertamente y le advertí que se cuidase
           de intentar cualquier cosa que pudiese aumentar mi desconfianza. Esto le
           fastidió sobremanera, pero reconoció que estaba en mi derecho exigirlo. Al
           instante volvió a estar alegre y de buen humor.
              Pasó una hora, pasaron dos, tres horas y el gallego no volvía. Mi in-
           quietud iba en aumento. Los chicos pedían agua. Fue entonces cuando,
           para nuestro espanto, vimos que las damajuanas estaban vacías y también
           había desaparecido el agua reservada a los caballos. Enseguida hicimos un
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