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           seguimos extrayendo la tierra del pozo. Fue un trabajo agobiante y tedioso.
           La lengua se nos pegaba al paladar y nos costaba hablar. Mi mujer y los
           niños estaban muertos de sed, pero más lo estábamos nosotros que sudá-
           bamos a mares. Anocheció y habíamos cavado tres metros sin encontrar
           agua. En extremo abatidos, nos arrojamos sobre la hierba. Desperté varias
           veces durante la noche, perseguido por la sed y las pesadillas. Soñaba
           que me hartaba de beber agua junto a un río infinitamente grande, hasta
           que este me devoraba y me ahogaba. También los niños gemían de sed
           en sueños. A la mañana temprano cayó un poco de rocío y masticamos el
           pasto, como vacas. La humedad, por más que escasa, nos hizo bien. No
           teníamos qué comer pero, aun habiéndolo tenido, ¿cómo pasar un bocado
           por la garganta reseca?
              Hacia el mediodía habíamos llegado a los cuatro metros de profundidad
           y allí la tierra apareció húmeda. Fabricius tomó un poco en la boca pero
           no pudo decir si era dulce o salada. Cavamos otra hora y la tierra apareció
           blanda como una papilla. Esta vez pudimos comprobar que el agua era
           indiscutiblemente dulce. Todos chupamos de esta tierra y nos hizo bien.
           Al anochecer el pozo medía cinco metros de profundidad pero, aunque la
           tierra ya estaba muy mojada, seguíamos sin llegar al agua. Totalmente ex-
           tenuados, nos arrojamos sobre la hierba y nos dormimos en el acto.
              Fue Fabricius quien despertó primero a la mañana siguiente. Se arrastró
           hasta el pozo, miró hacia abajo y pegó un grito gutural que me despertó.
           Tambaleando, me acerqué y miré hacia abajo. Se veía un reflejo plomizo.
           Fabricius quiso balbucear “agua” pero no lo consiguió. Nos quedamos pe-
           trificados mirando hacia abajo, hasta que por fin recordamos el baldecito.
           Con manos temblorosas lo hicimos descender y Fabricius lo extrajo lleno
           de agua. Agua, deliciosa agua dulce, fresca y de buen sabor como la que
           brota de un manantial. Nunca en la vida habíamos bebido agua tan ex-
           quisita. Fabricius bebió un poco mientras yo lo miraba con avidez; luego
           me pasó el baldecito. Lo vacié a grandes tragos. Por segunda vez hicimos
           bajar el balde, lo subimos con la deliciosa agua dulce y Fabricius pudo
           saciarse. Despertamos a mi mujer y a los niños. ¡Cuál no sería su alegría al
           recibir el más preciado don de Dios! En un abrir y cerrar de ojos se había
           vivificado nuestro ánimo y recuperamos fuerza y energía. Empezamos a
           sentir hambre. Teníamos una bolsa con yerba, pero faltaba la de los víve-
           res. Afortunadamente, durante la travesía en barco mi mujer había recogido
           parte del exquisito pan que se arrojaba a diario por la borda. El Estado la
           había provisto de una caja y había llegado el momento de abrirla. Tomamos
           mate con pan duro y luego una sopa de pan que engullimos hasta que el
           estómago dijo basta. Nos pareció bastante sabrosa. Luego decidimos salir
           de caza. Mi mujer debía disparar tres veces —la conocida señal de alarma
           en las montañas— si se presentaba algo fuera de lo común.
              Mientras nos deslizábamos sigilosamente a un costado del bosque con
           el rifle pronto para disparar, encontramos todo tipo de huellas de anima-
           les. Pasada media hora, vimos la huella fresca de la uña de un cérvido y
           nos internamos en el monte para seguirle el rastro. Unos diez metros más
           adelante, llegamos a un pequeño claro. Debo aclarar que las precipitacio-
           nes en el Chaco no alcanzan para formar un bosque tupido. El bosque
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