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128 LUIS FERNANDO RUEZ
seguimos extrayendo la tierra del pozo. Fue un trabajo agobiante y tedioso.
La lengua se nos pegaba al paladar y nos costaba hablar. Mi mujer y los
niños estaban muertos de sed, pero más lo estábamos nosotros que sudá-
bamos a mares. Anocheció y habíamos cavado tres metros sin encontrar
agua. En extremo abatidos, nos arrojamos sobre la hierba. Desperté varias
veces durante la noche, perseguido por la sed y las pesadillas. Soñaba
que me hartaba de beber agua junto a un río infinitamente grande, hasta
que este me devoraba y me ahogaba. También los niños gemían de sed
en sueños. A la mañana temprano cayó un poco de rocío y masticamos el
pasto, como vacas. La humedad, por más que escasa, nos hizo bien. No
teníamos qué comer pero, aun habiéndolo tenido, ¿cómo pasar un bocado
por la garganta reseca?
Hacia el mediodía habíamos llegado a los cuatro metros de profundidad
y allí la tierra apareció húmeda. Fabricius tomó un poco en la boca pero
no pudo decir si era dulce o salada. Cavamos otra hora y la tierra apareció
blanda como una papilla. Esta vez pudimos comprobar que el agua era
indiscutiblemente dulce. Todos chupamos de esta tierra y nos hizo bien.
Al anochecer el pozo medía cinco metros de profundidad pero, aunque la
tierra ya estaba muy mojada, seguíamos sin llegar al agua. Totalmente ex-
tenuados, nos arrojamos sobre la hierba y nos dormimos en el acto.
Fue Fabricius quien despertó primero a la mañana siguiente. Se arrastró
hasta el pozo, miró hacia abajo y pegó un grito gutural que me despertó.
Tambaleando, me acerqué y miré hacia abajo. Se veía un reflejo plomizo.
Fabricius quiso balbucear “agua” pero no lo consiguió. Nos quedamos pe-
trificados mirando hacia abajo, hasta que por fin recordamos el baldecito.
Con manos temblorosas lo hicimos descender y Fabricius lo extrajo lleno
de agua. Agua, deliciosa agua dulce, fresca y de buen sabor como la que
brota de un manantial. Nunca en la vida habíamos bebido agua tan ex-
quisita. Fabricius bebió un poco mientras yo lo miraba con avidez; luego
me pasó el baldecito. Lo vacié a grandes tragos. Por segunda vez hicimos
bajar el balde, lo subimos con la deliciosa agua dulce y Fabricius pudo
saciarse. Despertamos a mi mujer y a los niños. ¡Cuál no sería su alegría al
recibir el más preciado don de Dios! En un abrir y cerrar de ojos se había
vivificado nuestro ánimo y recuperamos fuerza y energía. Empezamos a
sentir hambre. Teníamos una bolsa con yerba, pero faltaba la de los víve-
res. Afortunadamente, durante la travesía en barco mi mujer había recogido
parte del exquisito pan que se arrojaba a diario por la borda. El Estado la
había provisto de una caja y había llegado el momento de abrirla. Tomamos
mate con pan duro y luego una sopa de pan que engullimos hasta que el
estómago dijo basta. Nos pareció bastante sabrosa. Luego decidimos salir
de caza. Mi mujer debía disparar tres veces —la conocida señal de alarma
en las montañas— si se presentaba algo fuera de lo común.
Mientras nos deslizábamos sigilosamente a un costado del bosque con
el rifle pronto para disparar, encontramos todo tipo de huellas de anima-
les. Pasada media hora, vimos la huella fresca de la uña de un cérvido y
nos internamos en el monte para seguirle el rastro. Unos diez metros más
adelante, llegamos a un pequeño claro. Debo aclarar que las precipitacio-
nes en el Chaco no alcanzan para formar un bosque tupido. El bosque

