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TODO COMIENZO ES DIFÍCIL 123
empezó a beber a grandes sorbos. Me dijo que el médico era él y yo no te-
nía nada que hacer allí. Le expliqué que se había tratado de un accidente, y
aunque más no fuese como ser humano había sentido la obligación de ayu-
dar a la mujer para evitar que se desangrara. Me hizo a un lado y pretendió
revisarla con sus manos sucias (yo usaba guantes de goma). Sin pensarlo
más, lo eché del cuarto. Me amenazó con denunciarme a la policía, pero
poco me importó. El patrón terminó por ponerlo de patitas en la calle.
Narro este pequeño incidente, en sí insignificante, porque tuvo conse-
cuencias adversas para mí y mi familia. El hombre fue a la policía y me
denunció por ejercicio ilegal de la medicina, cosa que él practicaba hacía
años. Luego fue a ver a su amigo el farmacéutico, que también había usur-
pado título y profesión, y le hizo saber que yo llevaba conmigo mi propia
farmacia (llevaba, es cierto, un botiquín conmigo) y de manera ilícita había
vendido a la mujer productos que traía en ella. Por supuesto, aquella pri-
mera noche pasada en Charata yo ignoraba que el pueblo contaba con
un farmacéutico, caso contrario no le habría dado a la mujer mis valiosos
medicamentos. Una hora después de llegado ya me había granjeado dos
enemigos, más temibles aun porque la policía se puso de mi lado, contenta
de poder contar en el lugar con un médico de verdad. Bastó con que le
presentara mis papeles para que se diera por satisfecha.
Ocho días después, la patrona volvió a estar en condiciones de retomar
sus actividades y decidimos trasladarnos a nuestro nuevo hogar. En el ínte-
rin, yo había atendido diariamente entre veinte y treinta enfermos y enviado
las recetas a la farmacia, lo que debería haber complacido al farmacéutico.
Tanto más me entusiasmaba la partida, dadas las peleas con el ciudada-
no de la colonia del Cabo y el farmacéutico. No había venido a América a
disputar mi sustento con charlatanes. Compré los implementos que me fal-
taban, además de una bolsa de kéfir para los caballos, semillas y algunas
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provisiones, y Fabricius encargó para la mañana siguiente una chata, vale
decir, un carro grande con una superficie plana para cargar bultos.
Llegado el momento, antes del alba, nos despedimos cordialmente del
patrón de la fonda y los demás compañeros de infortunio. Los nuevos inmi-
grantes eran, con pocas excepciones, personas muy agradables. Recuer-
do en particular a algunos, que habían sido plantadores africanos y fueron
expulsados de África por los ingleses. Todos los recién llegados teníamos
un solo deseo: poner pie lo antes posible en una parcela que pudiésemos
llamar nuestra para sembrar, cosechar y fundar un nuevo hogar para nues-
tras familias y donde, llegado el momento, pudiesen terminar sus días sin
temor a guerras ni ataques con gases asfixiantes. La Argentina prometía ser
pródiga en esto. En aquel entonces nos parecía un milagro que existiese
un país donde cada uno podía vivir a su manera y comer y beber hasta
saciarse; donde no se encontraba apostado en cada esquina un policía o
un miembro del Consejo de Trabajadores y Soldados, que entregara al ciu-
dadano a un tribunal popular presidido por una puta de la gran urbe. Más
tarde supimos que también respecto de la Argentina hay parte de verdad en
el dicho de que “no es oro todo lo que reluce”. Agreguemos que la mayor
31 Véase la nota 9 al extracto de la Crónica de familia. (N. de la T.)

