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TODO COMIENZO ES DIFÍCIL                121



               y valijas suficientes objetos de valor, que en el lugar eran más apreciados
               que dinero en efectivo. Por otra parte, gracias a mi profesión no tardaría en
               conseguir un empleo rentado.
                  Al fin me convenció y acepté. El hombre nos envió un coche. Ya era de
               noche cuando llegamos a la fonda . Esperábamos con ansiedad disfrutar
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               después de tanto tiempo de buenas camas y un albergue decoroso. Nada
               de esto se cumplió. El tal “hotel” era, por decir lo menos, una estafa a la
               americana. Estaba en proceso de construcción y, como el dueño no tenía
               dinero, avanzaba a paso de tortuga con constantes dilaciones.
                  Solo el salón de comidas y un cuarto para forasteros a medio hacer con-
               taban con un techo, pero el cuarto estaba ocupado. Treinta alemanes se
               hospedaban allí. De noche armaban catres o alguna yacija cualquiera en el
               salón; el dueño tiraba algunas bolsas sobre la mesa y cada huésped se ta-
               paba con lo que tenía. A esto se reducían las comodidades para pernoctar.
               Como quedaba descartado que hubiese lugar para nosotros en el comedor,
               el patrón nos indicó con gesto de gran señor uno de los cuartos a medio
               construir a un costado del salón. Dijo que, aunque no estaba terminado, allí
               estaríamos solos y nadie nos molestaría. Ciertamente eran cuatro paredes
               pero les faltaban puertas y ventanas. También faltaba el piso, pero en cam-
               bio —prosiguió— tendríamos un maravilloso cielorraso: el espléndido cielo
               estrellado de los trópicos. Pensé que, en comparación, el vagón de carga
               había sido un hotel de lujo.
                  Esa misma noche, durante la cena —bastante buena, por cierto— la pa-
               trona sufrió una caída mientras iba a buscar agua. Esto le provocó un abor-
               to y dio lugar a mi primera intervención médica en América. En retribución,
               y al no poder pagarnos, el patrón se comprometió a darnos alojamiento y
               comida gratuita por un mes. Agregó que, como su esposa estaba enferma
               y no podía permitirse tomar una ayudante de cocina, agradecería que mi
               mujer realizase la tarea. Ella, benévola, se prestó a hacerlo. Sea como fuere,
               no era nuestro propósito quedarnos allí por mucho tiempo.
                  Al rato llegó la policía local, saludó cordialmente a los nuevos colonos
               y prometió que nos daría la ayuda que nos hiciese falta. Manifestó que las
               autoridades estaban muy satisfechas de que entre ellos hubiese un médi-
               co alemán, ya que los médicos argentinos no iban a las colonias nuevas.
               Me invitaron a quedarme en Charata porque estaban disconformes con el
               hombre que se desempeñaba allí como médico, un holandés de la colonia
               del Cabo en África.
                  Pero yo no quería saber nada de eso. Ya había rechazado un trabajo
               en el Hospital Alemán de Buenos Aires, que tenía urgente necesidad de un
               médico. Había soñado con ser estanciero; ya me veía sentado a la sombra
               en mi galería, dando órdenes para el día a mi mayordomo, sumisamente de
               pie ante de mí. ¡Qué candidez la mía! Tenía que ser un gringo con todas las
               letras para tener tales sueños sin un centavo en el bolsillo.
                  Al día siguiente, los recién llegados partieron en busca de un terreno
               donde establecerse, pues los lugares abundaban. También yo me conseguí
               un caballo y salí a explorar. No pasó mucho tiempo antes de que nosotros

               28    Se transcriben en bastardillas las palabras que el autor usó en castellano. (N. de la T.)
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